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4 de abril de 2021

Celebrar un triunfo

Es un lugar común que el fútbol, como espectáculo de masas (y entre los deportes es el deporte rey) condensa y expresa los males y los bienes de nuestra sociedad. Seguramente es la esencia de la sociedad como espectáculo por sugestionar el disfraz, el canto, el baile, el salto, el grito de éxtasis y de odio; así como también la adhesión y el rechazo a quien adopte lo que adoptamos. Elegir que nos represente un club de fútbol es dar la forma al símbolo que nos identifica. Nos representa, nos identifica. Cómo no va a contener la esencia de nuestras emociones, cómo no la va condensar en los pocos minutos que dura un partido de fútbol (noventa intensos minutos) en los pocos años que dura una vida. 

El fútbol es un juego, la vida es un sueño, el fútbol es un sueño, la vida es un juego. Cuando termina algo perdura (algo quiere perdurar) y lo que se pierde nos resta trascendencia, para recordarnos que el olvido está cercano, que todo pasa, que todo fluye, que el espectáculo de la sociedad debe continuar, que hay que seguir porque otros siguen, para que otros sigan. Y sin embargo cuando termina algo perdura, algo se repite en el recuerdo, se ancla en el tiempo para convertirse en lo que llamamos Historia y hasta deshace el lugar común para hacernos decir "yo estuve allí", "yo lo viví".

Escribo todavía desde la emoción. Sé que no debería para que se ordenen mis palabras pero no puedo eludir ese punto culminante de mi fútbol que prevalece en mi tiempo, en mi memoria. Demasiada emoción.

Ayer la Real Sociedad ganó la final de la Copa del Rey. En mi vida la había visto ganar un título. Entonces, el abrazo de los jugadores fue mi abrazo de mis jugadores, el alzamiento de la copa fue mi alzamiento de mi copa al son del tantas veces escuchado We are the champions. Y sí, entonces somos los campeones.

Desde que tengo conciencia de ver fútbol en la televisión he sido seguidor de la Real Sociedad. ¿Por qué la Real Sociedad? ¿Por qué no el FC Barcelona si soy catalán? ¿O el Real Madrid si es el rival? Porque la elegí. Es cierto que en los primeros partidos que vi me deslumbró el juego de Arconada, Gajate, Gorriz, Bakero, Begiristain, Satrustegi, López Ufarte. Era el juego como mero pasatiempo. Y sí, el tiempo pasa. Y entonces se convierte en frecuencia. En presencia. En aprecio. Poco a poco tuvo sentido para mí seguir las evoluciones de esas personas (casi de ficción) que veía cada semana vestirse de corto y correr detrás de un balón. Luego vi los vídeos de sus entrenamientos, escuché cómo hablaban entre ellos, a la prensa y al público. Y se convirtieron en personas que también eligieron. Xabi Prieto, el capitán que se retiró en 2018 declaró, que él no quería jugar a fútbol sino jugar en la Real Sociedad. Y así pude alegrarme con el juvenil que quería llegar al primer equipo y vincularme con una tierra que nunca he pisado. Y conocer a Remiro, Zubeldia, Zubimendi, Merino, Oyarzabal.

Entonces. Cómo no emocionarme cuando el actual capitán, Mikel Oyarzabal, declara entre lágrimas que le dedica el triunfo «a toda la afición, a todo el que siente la Real como nosotros» y se acuerda «de mucha gente que me hubiera gustado que estuviera aquí, familiares, amigos, mucha gente que se va». 

Y ya no solo es una celebración del fútbol. Es también una celebración de la vida. Que hoy se transfigura en pandemia pero cada vida importa. Aunque nada parezca importar toda vida importa.

7 de marzo de 2020

Fin del trabajo

Acabo de dejar mi (principal) trabajo.
Aunque no sea oficial ya no seguiré en mi trabajo.
Renuncio. No quiero más.
Uno se deja engañar para seguir diciéndose que no es para tanto, que hay lugares peores, que no será fácil encontrar otro, que los gastos se convertirán en deudas, que después de todo alguien o algo bueno tiene.
Pero ya no me repetiré esas mentiras.
La directiva quiere que me vaya y yo quiero irme. En eso sí estamos de acuerdo. Sólo en eso. Por lo demás la directiva es tan mediocre que vuelve mediocre a todos, a todo. Ya me estaba volviendo mediocre a mí por ser quien no quería ser, por hacer lo que no quería hacer. El buen director no debe decir "síganme" para que lo sigan ni ordenar para que lo obedezcan ni gritar para ser escuchado. Pero ésa es la directiva que me encontré y que me quitó cualquier motivación, cualquier ánimo para afrontar nuevos proyectos, a riesgo de que me echaran en cara lo malo y que se apropiaran de lo bueno. 
Mis sentimientos se volvieron una bola de nieve: por cometer un error mínimo recibía un castigo y a cada error la bronca y el reproche aumentaban y me llevaban a un nuevo error, a un mayor error, a un mayor castigo.
No son necesarios más detalles ni revolcarse en el barro para desahogarse o quedarse en el rencor.
Donde no te quieran no te quedes.
Me queda el alivio de no estar más allí.

20 de julio de 2019

Margarita a lo Gandolfo




Me gusta muchísimo
Sara Mesa es una de las mejores narradoras que hoy cuenta la literatura española. Los premios y la publicación de su obra en una gran editorial como Anagrama no han tardado en consagrarla. Por eso es de celebrar que haya escrito un libro como Silencio administrativo, el cual relata con detalle cómo nuestra sociedad estigmatiza la pobreza - la aporofobia, el miedo a los pobres, como dijo la filósofa Adela Cortina - y condena a quien viva en la calle a un irremediable deterioro físico y mental. El libro es relatado desde la perspectiva de quien es Sara Mesa, es decir desde una escritora, una narradora. Bajo el nombre de Beatriz cuenta cómo se interesó por la vida de una mujer llamada Carmen, que mendiga en las calles de Sevilla y duerme en un garaje. Y enseguida descubre cómo la burocracia, para que reciba alguna ayuda, es tan intrincada que resulta imposible de resolver. Éste es uno de los problemas más graves del mundo actual: la pobreza. Y es uno de los invisibilizados para los políticos y para los medios de comunicación.

Me gusta mucho
El libro de Elvio E. Gandolfo La mujer de mi vida, donde se recogen algunas de las margaritas que publicó y que dan título a esta entrada del blog. Por ser una recopilación de artículos el resultado es inevitablemente irregular, ya que algunos son mejores que otros, es decir que se disfrutan más. De todos modos al terminar el libro me quedo con el deseo de más, que tal vez sea el mejor elogio de una recopilación. Puestos a hablar de Gandolfo, El año de Stevenson es una maravilla, una poesía amena, directa y enternecedora, que te invita a quedarte con el autor a tomar mate.

Me gusta un poco
Leo Los testamentos falsificados de Milan Kundera, publicados por primera vez en español en 1994 y en francés en 1993, y no puedo evitar sentirlos de otra época cuando se refiere a «nuestro siglo». ¿Tanto ha cambiado? Sí, eso parece. Tanto ha cambiado. Las Guerras Mundiales se han convertido en Guerras Globales: diversos grupos de ideología afín han perpretado atentados en París, en Londres, en Nueva York, en Nueva Zelanda, en Sri Lanka. Se puede ver en tiempo real y sincronizado una serie de televisión o un partido de fútbol. Las interpretaciones erróneas de Janácek y de Kafka se han asimilado a unos clichés que ya no cuestiona nadie. Las condenas y rechazos a artistas por su apoyo al fascismo o al comunismo se difunden más bien cuando trasciende una denuncia de abuso (a niños o a mujeres). La situación política de la literatura de Kundera se ha convertido en situación histórica. Y como además Kundera ya no publica se lo relega cada vez más al olvido del pasado, aunque todavía de vez en cuando su nombre suena entre las candidaturas al premio Nobel.

No me gusta nada
Los programas de lecturas que los Ministerios de Educación de países como España y Argentina decretan para la enseñanza en la Secundaria están hechos con tal desidia que no fomentan la lectura, sino el aborrecimiento a los libros.  Los alumnos simulan aprender porque los profesores simulan enseñar un caos que tiene un aire de lista de la compra: este año leemos este libro, el próximo está de moda tal otro. Esos programas están atestados de listas, conceptos, temas con los cuales el profesor debe hacer malabarismos para aparentar un orden. Pero claro, ya he dicho que el resultado es un caos. Si el alumno simula aprender lo que en muchos casos hace es tan sólo aprobar, es decir tener la nota de aprobado, que tarde o temprano logrará porque hay que ajustar el número de alumnos al de permitidos en una clase (a menudo al de los que pueden entrar en un aula). Así irá pasando los cursos hasta terminar la Secundaria, sin poseer los conocimientos que se le suponen. Pero con el título en mano ya no se hablará de fracaso escolar.

6 de julio de 2015

Pausa

Reviso este diario después de muchos, demasiados días para la presencia que debería tener. Y justo lo hago cuando estoy enfermo, con un malestar general después de una noche sin dormir. Hago una pausa por enfermedad, me visito por enfermedad. Cuánto he hecho, en qué tiempo he estado. Me dejo arrastrar por las miserias cotidianas y eso es lo que me enferma, no este resultado de escuchar, por ejemplo, a Rachmaninoff cuando me levanto de la cama y me acerco al diario. Dudo, me entorpezco por darme la vuelta hacia el camino de la habitación. Evgeny Kissin tocando a Rachmaninoff. Antes lo he escuchado en un concierto de Chopin dirigido por Zubin Mehta. Cuánto tiempo sin una pausa. Y cuántas pausas se habrán tomado ellos, estos músicos que ahora escucho y me sanan. De todas las vidas cuál me enferma, cuál me repite: ¿Me vuelvo a la cama? Me adormezco. Las pausas son breves.

23 de octubre de 2014

Salir

Pienso en el tiempo.
Los verbos nos dan la medida del tiempo para no ser el mismo tiempo del mismo eterno.
Me detengo en el tiempo para darle forma.
El verbo tiene la forma exacta del recuerdo, da sentido al futuro y hace tangible el presente.
Hasta parece que podría seguir, pensando, sumando verbos.
Eso queda para otro tiempo.
En éste acabo de darle cara al mes y con eso basta para fijarlo en algún punto del calendario.

9 de abril de 2013

Sobre la muerte

En los últimos días he recibido la noticia de varias muertes que me han obligado a pensar en ella. Como si nunca quisiera que la olvidáramos, para que nunca nos acostumbremos a ella, a veces, a menudo, la muerte de alguien nos sacude hasta estremecernos. Y hoy ha sido la de José Luis Sampedro, alguien que midió el alcance de las palabras y que se consideró siempre aprendiz de sí mismo, con todo lo que enseñó.

"He comprado todo lo que se ve desde la terraza, sí, es mío. Usted se ríe, pero imagine que soy archimillonario y he adquirido ese trozo de mar, ¿qué haría con él? Pues lo mismo que ahora, porque no tengo la obsesión de ser propietario, que es lo que hace que los ricos compren la vaca de Hirst. Lo contemplaría, pasearía y dejaría que la gente se moje, porque no me perjudica. Pero la gente quiere ser propietaria, porque quiere mandar, y quien posee una cosa quiere otra. Hace falta menos para vivir bien."

Tal vez crecer sea, en el fondo, darse cuenta de lo que realmente importa.

Y envejecer, saber cómo aplicarlo.

"La gente suele identificar el amor con el hecho de hacer el amor, y piensa que a mi edad no tiene sentido. Claro que lo tiene. La compenetración, el afecto, el saberse sin hablar. Para mí, eso es más que siete Nobel. El goce de la vida no es cuestión de cantidad, sino de sensibilidad, intensidad, compenetración."
Pero morirse es otra cosa. Morirse es perder las palabras y quedarse en silencio. La muerte sólo conduce al silencio. Fin, punto final, no hay vuelta atrás.

Pero hay que volver. Hay que volverse memoria y vivir con nuestra voluntad, de nuestro amor.

Por eso dedico estas palabras a la memoria de mi tía Milagros, que murió la semana pasada. 
Y se volvió memoria.

30 de diciembre de 2011

Balances y listas


Aunque, por curiosidad, le echo una mirada a las listas de lo mejor del año no soy de los que las siguen, y mucho menos de los que las hacen. Películas, libros, discos... con algunos coincido, otros me dejan indiferente y a algunos los echo en falta. A fin de cuentas hablamos de gustos. Pero no quiero establecer ningún criterio de calidad de que esto es mejor que aquello, a esto le corresponde un puesto más alto, etc. Prefiero reservar esas clasificaciones a las listas de los más vendidos, que ni hago ni menos me ocupo.

Los balances sí suelo hacerlos, y los disfruto. Porque así como muchos desean que el próximo año sea mejor yo sólo espero que se cumpla lo bueno que ya he comenzado en éste.

1 del 1 de 2011, año uno, escribí por entonces. Y nadie duerme.

6 de septiembre de 2011

El pasado

El pasado
no se quedó en mí,
sucio de sabiduría.
Poco dejé atrás.
Fui despojado de mi abrigo,
sin aciertos ni errores.
Pero llevo los nombres conmigo,
me dejo llevar en ellos.

8 de julio de 2011

Historias de la escritura

Alguna vez me he preguntado por qué escribo. La última, apenas unos días atrás. Me lo pregunto porque nadie lo hace en mi lugar. Los que se animan a leerme me dicen está bueno esto o no me gusta esa parte o se quedan en silencio, como si no se pudiera añadir nada más tras mi punto final. Yo creo, para empezar, que escribo para continuar el punto de lo que leo. Que primero fue la lectura no es ningún enigma. En cambio la escritura es el resto, el desecho, lo que queda del pensamiento cuando quiere ser forma. No tengo la desgracia de escribir bajo presión porque mi vida corra peligro, esté preso, deba denunciar algo que está pasando o cualquier otra urgencia. Mi única presión es el impulso de convertir en palabras lo que estaba pensando. Pero las palabras no pueden quedar sólo en un texto. Escribo sobre todo para acompañar y ser acompañado. Si no fuera así no sentiría ese impulso. Qué podría significar escribir para uno mismo si no fuera recluirse en la soledad. Y yo no quiero estar solo, quiero irme contigo y que te vengas conmigo. La soledad es aquella sensación que no admite la pureza. Sería como la música sin oído. También escribo para escuchar. Entonces, como no se me lee, como no importa leerme, no escribo, no tiene sentido escribir.

26 de marzo de 2011

Buenos Aires, año uno

Éste es el día de una década.
Diez años preparando el viaje para vivir en Buenos Aires.
No hay precedente ni recuerdo del ayer que valga.
Es el año uno.

25 de marzo de 2011

No puede terminar la noche así

No sé qué sentido tiene esto. Ni de justicia ni de mala suerte. Por qué de todas las noches justamente la de hoy, por qué tenían que multarme hoy. Dejo la vida que he llevado aquí y mañana me voy a vivir a Buenos Aires. No voy a conducir allí y mi coche lo van a dar de baja. Y por qué así, por qué justo así. Esta noche he vuelto a casa después de la cena de despedida con mis compañeros. He sido profesor hasta hoy. Me he despedido con un discurso, escrito para cada alumno y oral para mis compañeros. Mis compañeros me han dedicado la cena. Mis alumnos me han dedicado aplausos, besos, abrazos. Uno de ellos me había dejado una nota en el parabrisas del coche: "En este mundo en el que se recuerda a los sinvergüenzas son ellos los que mandan, se les teme y admira. Tú me has hecho ver que merece la pena seguir siendo amable; porque siento cuando me dedicas esas cuatro frases, es lo que quiero transmitir. Y esa es la clase de persona que quiero ser. [...] No dejas un recuerdo triste con tu partida, sino una buena referencia a la que poder imitar, un ejemplo de valor y valentía, tener un sueño e ir a por él. Eso es lo que realmente importa, gracias por aliviar mi mente de dudas. Guardo tu discurso como un tesoro al que recurriré en más de un momento".
Y por qué justo hoy, que me despido, que me han regalado este texto, que me tratan con tanto afecto, por qué en la entrada de mi barrio tienen que ponerme una multa porque mi carnet de conducir está caducado, cuando no voy usarlo en Buenos Aires. Por qué tiene que terminar la noche así, después de tantos mensajes de apoyo, después de tantas muestras de afecto, de creer que está bien como soy. Por qué un mero despiste tiene que darme este recuerdo esta noche.

4 de marzo de 2011

El valor de un pero

Lo confieso: estoy enganchado a esa palabra. No por el gusto a las estructuras bimembres ni por la tendencia de buscarle una objeción a cualquier idea sino como el remate final, la coletilla que se añade como matización o aclaración de lo que voy diciendo. No importa el tema ni mi seguridad al tratarlo: tarde o temprano aparecerá esa palabreja que hoy se conoce como conector discursivo y que transformará todo el texto, por muchas otras palabras que lo acompañen. La tiranía del 'pero' se impone y su rotundidad sólo admitirá la réplica de un nuevo 'pero' que influirá en el anterior hasta la llegada de un nuevo 'pero', y así hasta el infinito.

Llevo un tiempo (meses, ¿años?) fijándome en el uso que le doy a esta palabra, con visos de convertirse en algo obsesivo. Como sabe cualquier hablante de español, 'pero' es una de las palabras más usadas en cualquier registro de la lengua. Y de su uso podemos deducir, por ejemplo, que suspende una de las premisas anteriores del discurso, de tal manera que descubrimos lo que parecíamos decir, mostramos nuestras verdaderas intenciones. Todo lo dicho antes de que surgiera ese 'pero' sólo era una preparación para cuando irrumpiera esa palabra fatal que esclaviza a todas las demás, y si no salgo a tiempo de su yugo me empobrece y me lleva a repetirlo una y otra vez. En cuanto me relajo ya vuelve a estar ahí, impertinente. Ni siquiera me salvan sus primos 'aunque' o 'sin embargo' porque no siempre los admite el contexto, y aún así parecen ridículos, como si me afanara en buscar un sinónimo, infeliz. Sólo puedo intentar que la separación entre uno y otro 'pero' sea la suficiente como para que no los repela su campo magnético.

Ni siquiera mis lecturas eluden el rastreo:

Muchos de estos raros ejemplos superan la fuerza de mi acción; pero algunos superan incluso la fuerza de mi juicio. (Montaigne, Ensayos, p. 1451)

Pocos son los bancos del Museo de los Expresionistas que se utilizan para contemplar más pausada y detenidamente los cuadros que hay frente a ellos. Pero tampoco se utiliza casi ninguno para descansar realmente. (Pablo D'Ors, El estupor y la maravilla, p. 210)

Yo di en pensar que tal vez ése era el reino de los cielos, del que había oído tantas ponderaciones, pero mi guía me dijo: No estás aún en el cielo. (Borges, Obras completas, III, p. 262)

Vio, muy cerca de su cara, los ojos de Mila, sus rizos morenos que ya no cubría el pañuelo y, en lo alto de la frente, una larga herida sangrante. Volski dijo algo pero no se oyó. (Andreï Makine, Vida de un desconocido, p. 147)

Estoy dispuesto a aceptar la doctrina de que la cultura y el arte son un mal, de que es la paz y no los sonetos lo que más le importa a la humanidad. Pero, ¿cuáles son las circunstancias que producen la paz, y cuáles las que no la producen? (Fernando Pessoa, Diarios, p. 133)


Sólo puedo aliarme con el pero, mirarlo de frente, ubicarlo en el mejor lugar y darle todos los privilegios que no me pide porque ya los tiene, con todo su valor, que es mucho, que puede serlo todo. A fin de cuentas, mientras haya un pero habrá una continuación. Algo habrá que aún no hemos dicho. Pienso pero existo. Escribo pero corrijo.

18 de septiembre de 2010

Lluvia tras lluvia

Lluvia en Buenos Aires.
Lluvia en Madrid.
Lluvia en Barcelona.

Los viajes de vuelta son tan breves, tan intrascendentes. No importa cuánto tarde el avión o el tren. Es una vuelta que no deseas. Sólo sabes que vas avanzando hacia lo conocido, que es lo de siempre. Y no quieres esa calma, porque en esa calma no pasa nada. Tienes sueño, te mueves por los pasillos como un autómata que no puede resolver la partida jugada. Obedeces todas las órdenes edulcoradas de forzada amabilidad, te dejas conducir por los carteles, no te preguntas si son contradictorios o no. Y entonces acaba la vuelta, porque sabías dónde acabaría, porque vuelves a estar entre vuelta y vuelta. Y no puedes dar marcha atrás.

23 de junio de 2010

La vida en celeste


Ha pasado todo un año de espera y por fin los Habitantes volverán a hablar en plural. Hoy el viaje a la Tierra Plateada tiene fecha, una fecha tan próxima como que bastará que pasen dos semanas para que llegue y disfrutar las doce horas de vuelo, el catering, el sueño... para regresar a la tierra prometida. No hay fatiga que valga para tan alto premio.

Durante estos años muchos me han preguntado por qué me gusta tanto Argentina, qué pasa, si no me siento a gusto en España, que estoy loco por querer irme allá cuando todos quieron salir, etc. Y sí, soy consciente de todo eso y también de la corrupcion, de la inseguridad, de las abismales diferencias sociales, de la inestabilidad económica (hoy generalizada en todo el mundo), de Tinelli, de Rial, de Patti, de Videla y mucho más. Pero también de los helados, los capuccinos, las medialunas, los asados, la música, los libros, la filosofía, la oportunidad de hacer todo cuanto deseas.

Aunque este viaje sea por poco tiempo sin duda será el mejor tiempo del año.

23 de mayo de 2010

De tiempos posibles

En apenas dos semanas el pasado se ha hecho presente por dos encuentros memorables, tanto que se imponen por sí mismos y me obligan a transcribirlos de la manera en que este lugar lo permite. A fin de cuentas, ¿a quien pueden importar las cosas de uno mismo si no es a uno mismo? A muchos, parece ser, por las noticias de cotilleos y otros agujeros intrascendentes. Pero como a alguien le interesará, aunque sólo sea a uno mismo, debo consignar que, después de diez años, me reencontré con mis compañeros del colegio y con mis primos.

Fueron diez tanto en un caso como en el otro: diez de la última cena con algunos de los compañeros y diez de la visita a mis primos. Y, en apenas unas horas, fue volver al punto en que lo dejamos, con apenas unas arrugas que nos llevaran la contraria pero el mismo afecto, las mismas bromas, los mismos recuerdos. No soy muy amigo de las nostalgias, prefiero construir el presente y el futuro, pero es que justamente allí había presente, no sólo una colección de fotos y de anécdotas. Si digo que volví a sentirme el niño que no pensaba más que en jugar con los de la clase es que hasta las palabras se vuelven con la misma estructura, la misma ingenuidad. Tan sólo la conciencia no me permite serlo del todo, esa conciencia de hilar una palabras otra y del cómo y del cuándo. Y así fue también con mis primos, de quienes aún estoy asimilando que los volviera a ver después de tanto tiempo y de tanto cariño, pues cada vez que nos veíamos era un acontecimiento, siempre, sin excepción, y tan cruel la despedida como arrancarse las uñas.

¿Por qué, pues, dejamos que pase tanto tiempo? ¿Por qué no hacemos posible el tiempo? ¿Por qué hay que terminar con preguntas, como si sólo pudiéramos remitirnos a la duda de un nuevo e incierto encuentro? ¿Por qué me quedo con la sensación de que aún no he dicho nada?

7 de marzo de 2010

Los premios

Nunca me han convencido los premios. Muchas veces me han parecido injustos y arbitrarios, dependientes de unos criterios tan subjetivos como son el estado de ánimo de quien premia, la simpatía, el amiguismo y otros más que poco (por no decir nada) tienen que ver con el objeto premiado. ¿Quién puede decidir, en última instancia, que esto o aquello está bien o es mejor que lo demás?

Podría haber pensado esto a propósito de la entrega de los Oscar, aunque no sea el caso. La edición de este año se ha presentado como un duelo entre Avatar y En tierra hostil (había escrito "hostial" y no quedaba mal, no), animado además por el hecho de que los directores de las respectivas películas hayan estado casados. Lo cierto es que no puedo decir nada de esas películas porque aún no las he visto, pero sí en cambio de Inglorious Basterds y Precious, y me han gustado hasta el punto de que las consideraría más dignas de ser premiadas, al menos entre las que han entrado en la nominación ya que no lo están ni La carretera ni Celda 211. Pero claro, esto también sería sólo según mi propio criterio.

En cuanto a música, poco se puede decir, cuando ha primado más la comercialidad que la calidad.

Y de la literatura, algún que otro premiado habrá sido meritorio, pero no deja de llamarme la atención que mis autores preferidos (Paul Celan, Fernando Pessoa, Jorge Luis Borges, Franz Kafka, Julio Cortázar) no hayan recibido el Nobel, y sin embargo sí se lo otorgaron a, por ejemplo, Winston Churchill.

Siempre he pensado que el mayor premio es que haga disfrutar con lo que hago (a pesar de que esta entrada sea muy discreta). Y el que pido también, obvio. El resto (dotaciones económicas, honorarios comerciales, fenómenos de masas, etc.) es algo ajeno, como de otro mundo, como si no tuviera que ver con nosotros.

(prometo esforzarme más la próxima vez)

23 de febrero de 2010

Lo que no escribo

Lo que no escribo es más de lo que escribo. En la paradójica condición de escribir o vivir, con sus variaciones de escribir sobre lo vivido o la incierta de vivir sobre lo escrito, da como síntesis escrivivir, que viene a ser la experiencia de sentir en la escritura un apéndice imposible de hallar en el resto de la vida. Pero lo escrito sale perdiendo. Lo escrito debe luchar contra las interrupciones, contra las postergaciones y contra todos esos hálitos de la realidad que nos piden que les hagamos caso, que qué cosa es juntar palabras, qué pérdida de tiempo es ésa si hay tantas cosas por hacer y tenemos el horario lleno.

El único sentido posible de la escritura es la lectura, que es su respuesta.

Mientras tanto seguirá habiendo retóricas que nos llenen los bolsillos de silencio.

Pero lo que no escribo no es el silencio sino el olvido.

Y, a veces, lo que escribo no es lo que quería escribir y acaba derivando a algo muy distinto de lo original, cuya sutil relación apenas entreveo. Por eso ahora recuerdo las historias que nadie pensaba escribir pero se escribieron, aquellas historias extraordinarias que brillan por un tiempo en las noticias y que luego desaparecen por completo, como si nunca hubiesen existido; pero fueron escritas y volvieron a nacer, bajo otros ropajes, con otra vida, completamente nuevas. Eso mismo han hecho Michael Nyman y David McAlmont, de los que he encontrado este único tema en directo. Por lo demás la realidad se impone. Me voy con la música a otra parte.

16 de febrero de 2010

De lo espiritual en el arte

Asta su abuelo,
de Los caprichos. Francisco de Goya y Lucientes





Me levanto del sofá después de haber visto Perdidos (o Lost) en la tele y quiero salvar el día tomándome un té. Sería exagerado afirmar que con sólo escribirlo ya lo habré logrado, pero algo de cierto hay en esto, algo que se me escapa porque no guardo el pensamiento en mi interior ni el texto en una carpeta; y entonces texto y pensamiento adquieren el significado de un presente continuo o más bien de un pasado continuo. Aquí todo ya pasó, todo ya se hizo. La próxima vez que entre será un salto al vacío y tendré que volver a tejerme la red donde podré aterrizar. Me costará reconocerme, seré otro, de una estupidez aterradora o de una inteligencia inverosímil, pero ya no seré yo porque en ese momento seré incapaz de reproducir las mismas palabras. Y si encajan en su lugar no será por mi pericia o mi torpeza, sino por ese azar que es aplicar lo aprendido. Cada día debo reconocerme en lo trivial y en lo extraño. Entonces me demoro en el detalle, pienso en las vaguedades, las ausencias, las palabras compartidas. Y así me siento más yo siendo otro, me acuerdo de los amigos a los que no veo desde hace tiempo y me imagino acompañándolos por los cafés del mundo, con la esperanza de que el sueño venza la sinrazón.

1 de enero de 2010

¡Por fin 2010!



¡Sí, por fin veinte diez! Qué ganas de poner las dos cifras redondas y que huela a año nuevo. La tierra ya está mojada, lista para que crezcan deprisa nuevas semillas. Hay un nuevo espíritu o una nueva alma o una nueva voluntad de superar el crack del siglo XXI y que los Nuevos Aires se reúnan hasta que muestren todas las virtudes dispersas. Hasta el blog tiene un nuevo aspecto, ya que el anterior era el de la imagen.

Esta manera tan alambicada de comenzar es para balancearse suavemente al son del Danubio Azul en el concierto de Año Nuevo. Despertemos sin hacer ruido y quedémosnos para siempre. Vamos, un leve cabeceo, el sonido de la ventana mecida por un aire. La cama gime al darnos la vuelta. El suelo es blando. La piel es fría, se estremece, pero apenas. Y ya los dos pies en paralelo, en media vuelta, en vuelta entera, ya estamos, ya nos incorporamos. Hoy sí, hoy sí, hoy es el día, hoy sí, hoy sí, hoy sí es el día, hoy sí, hoy sí, hoy sí es el día del inicio. Abrimos las manos blandas como el sueño de anoche. Un dolor de cabeza se aparta como una mampara al primer paso. Y con cara de tontos podemos sonreír. Y creernos nuestras verdades, pues la luz del buen año ya está bailando, entusiasta, frente a nuestros ojos, y bien podemos pensar que atrás queden las penas, que ya saldaron su cuenta, y que las próximas no sean penalidades sino banalidades de lo que ya fue.

Por una vez los deseos van a ser los mejores.

15 de diciembre de 2009

El maestro y el discípulo

Desde hace tiempo suelo guardar en una carpeta los diversos papeles que me llegan. Primero fueron las notas que tomaba de libros consultados por puro interés o puro capricho (si es que existe alguna pureza en esas actitudes) y que escribía a toda prisa en una hoja. Como pronto me faltaron las hojas enseguida recurrí a cualquier papel con el suficiente espacio en blanco como para escribir en él una cita. Los nuevos papeles podían ser servilletas, folletos publicitarios, informes académicos o administrativos, tarjetas. No tardé en guardar cualquier papel que pudiera albergar una nueva nota, escrita de mente ajena o también desde mi propia atención. A ellos además se le sumaron otros papeles cuya forma y disposición no admitían un nuevo texto además del que ya contenían; pero el texto ya existente significaba el lugar o el momento en que llegó a mis manos, y ese devoción, ya presente en los papeles anteriores, bastó para que el nuevo documento se acoplara a los anteriores. Algunos incluso sobrepasaron la carpeta y la envolvieron en los compartimentos de la bolsa donde la llevo. De esta manera la bolsa pasó ha llamarse la bolsa de Pandora, pues de ahí pueden salir todos los bienes y todos los males de mi mundo.

Un día quise mostrarle el contenido de la bolsa de Pandora a un pupilo siempre curioso de cualquier cosa que le hablara. El alumno enseguida se interesó por esa bolsa que siempre llevo encima y saqué de ella la carpeta, y de la carpeta empezaron a brotar sus papeles con la correspondiente explicación de los más vistosos: éste es un juego que hice un día en un autobús de vuelta a casa, éste es un dibujo de mi Mar Adentro, en éste apunté el nombre de los alumnos que hablaban para bajarles 0,1 puntos. No todos admitían la explicación de su origen, más que nada porque el alumno no querrá comprender ciertas sesudas o arbitrarias notas, de modo que muchos se volteaban como las hojas de un calendario en el que buscamos apenas una fecha, para sólo detenerse en aquel retal que podría destacar justo entonces. El alumno miraba el desfile de papeles escuchando las explicaciones, acompañándolas con algún que otro comentario. De repente, al ver cómo pasaba ese extraño conjunto de garabatos y colores, exclamó "¡sí que llevas mierda!". No lo dijo con ninguna intención peyorativa, más bien lo contrario, por el cariño de que compartiéramos lo que había guardado. Pero no podría faltarle razón. Porque ¿en qué momento un recuerdo se convierte en mierda? ¿Será que ese papel es como la cáscara que nos queda después de habernos comido el fruto? Evidentemente, ningún papel se mudó de casa y menos con este frío, pobres; si no hay nada como el hogar.