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13 de abril de 2015

Pequeño recordatorio de Eduardo Galeano

Las muertes están de más, siempre sobran, son oportunistas y molestas. Y trágicas, porque detienen el tiempo y quieren condenar al olvido. Por eso ahora me detengo, me enfrento al olvido y pienso quién es Eduardo Galeano. Quién es para mí y quién fue, ya que no sé quién será. Y lo primero que pienso es que Eduardo Galeano era muchos Eduardos Galeanos, porque buscó una voz colectiva que denunciara y condenara cualquier injusticia, cualquier miseria moral, para devolver a los humanos su condición de humanos, ya que otros se niegan a devolverles sus derechos.

Cuento mi propia experiencia, para que al contarla se haga colectiva y siga animando esa memoria. Hace ya muchos años, cuando todavía estaba germinando mi primer viaje a Argentina (aunque pudo haber sido Perú, Chile, Colombia), me regalaron El libro de los abrazos. Por entonces no conocía ni el nombre del autor, así que le pregunté a mi profesor de Literatura Latinoamericana qué le parecía Eduardo Galeano. Mi profesor siempre habla conmigo en tono distendido y con cierta ironía. Pero al escuchar su nombre se puso mi serio y me dijo: "¿qué voy a pensar de él? Es un gran escritor". Nunca lo he visto tan serio como entonces.

De todos modos me habría maravillado El libro de los abrazos. Desde su título invitaba a entrar en él, a ser acogido y llevarte con una mano en el hombro por todos los vericuetos de la historia y de la literatura que se escondían solapados por la versión oficial y los discursos programáticos. Les tomé cariño enseguida, al libro y al autor. Qué buen regalo. Qué buen regalo. Qué buen regalo. Luego siguieron otros libros de Galeano, de una manera lógica y necesaria: Días y noches de amor y de guerra me estremeció, tanta violencia dolía; y aún me cuesta digerir lo que se cuenta en Las venas abiertas de América Latina y Memoria del fuego. Y luego vi, hojeé, leí muchos otros, de cuantos ha publicado en estos años. El año pasado Espejos me acompañó durante muchos viajes de transporte público y apretado.

Dos años atrás lo vi. Fue a la entrada de una librería y me costó creer que era él. Pero era él y estaba hojeando unos libros suyos, mientras esperaba a su compañía. Se dio cuenta de que lo había reconocido y me miró a mí. ¿Como un espejo? No, sería soberbia de mi parte. Como desconcierto de no saber qué hacer: él sorprendido, extraído del anonimato; yo sorprendido, extraído de la corriente común. Pensé en hablarle pero quería encontrar las palabras que fueran algo más que un balbuceo de admiración pero la cotidianidad fue más rápida que mi aturdimiento: llegó su compañía y se lo llevaron, sugiriéndole un bar, una silla, algo así. Yo me quedé como una estatua. En esos momentos toda palabra parecía vulgar. Quizás también lo sea en este momento. Y sin embargo hay que hacer algo, perdura esa sensación de no resignarse más a lo que viene, a lo que te dicen, a lo que pasa.

25 de agosto de 2014

Hoy Julio Cortázar habría cumplido cien años...

...y lo celebramos con muchas palabras, tantas como años, es decir, como una cifra redonda que se antoja incontable. Porque quién le pondría medida al infinito. Infinito punto rojo. Leí a Cortázar por decimosexta vez a los veinticatorce años. Por entonces no entendía nada y lo entendía todo porque dejé El perseguidor incompleto y éste vino a buscarme, al año siguiente, dibujando una Rayuela que se hizo completa por el hilo que manejaban los personajes, cruzando toda la habitación y todo el laberinto, Teseo tres deseos hacia la salida del cielo. Leía recostado en la cama al modo en que los romanos comían en su banqueta, y degustaba página a página en sueños transformado en una flor amarilla. Entonces, el sillón verde, la puerta condenada, la casa tomada mientras me diluía en el río, llegaba a la estación de la mano sujetando un cuello de gatito negro, la caricia más profunda, y no se culpe a nadie si usted se tendió a tu lado en un lugar llamado Kindberg, los venenos de una historia con migalas en la carta a una señorita de París, los pasos en las huellas, deshoras de este segundo viaje por la autopista del sur, las historias que me cuento para dormir y seguir leyendo. Una pausa filosa y cristalina y seguir leyendo. No aquí, no acá sino donde se sigue, donde se lee. Esta mañana en mi autobús viajaba una chica con un libro de Cortázar entre las manos. Me miró varias veces, por qué, estaba lejos, levantó la vista y su cara reflejaba desconcierto, por qué,  y bajaba de nuevo los ojos como cerrando un paraguas, por qué, giré mi rostro y vi un asiento libre al fondo, y los ojos buscaron las migajas por el suelo, como los restos del pan nuestro de cada día, "quietismo laico, ataraxia moderada, atenta desatención".

25 de junio de 2013

Rayuela, cincuenta años después

Dicen que en estos días se cumplen cincuenta años de la publicación de Rayuela. Bueno está recordarlo para volver a leerla, como suele hacerse en las efemérides, pero si se trata de una celebración de este libro y no sólo de una convención el tópico debe acabar en este punto.

Así que pongámosle una música de fondo y de frente. Algo como la sutil tristeza de Bessie Smith:



La música podría remitirnos a la compañía abatida de Berthe Trépat abandonada al trasnoche. Desolada Berthe, desolada compañía, desolada música de la victoria. Durante unos días se volverán a hablar de las excelencias de la novela-antinovela que vuelve sin los geniales carpetazos de matar al padre, pues está vigente esa manera de pasear por las calles de cualquier ciudad (y no sólo París o Buenos Aires) guareciéndose en los portales del frío y de la lluvia, caminando sin pisar el dibujo de las aceras, esperando el colectivo mientras los travestis buscan clientes, jugando con seriedad a inventarse el mundo; pues "sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito", como se repitió Oliveira.

¿Y entonces?

Entonces pasará la fecha de celebración y vendrán de nuevo los que ni entienden ni quieren entender Rayuela y duplicarán sus lúgubres críticas de qué buen cuentista, lástima que le diera por la novela, qué mal libro, exagerado, imposible, se pretende herir la realidad y los personajes son tan cool,. Para cada novela se aumentarán los defectos, a pesar de que esas opiniones no les importen a los lectores, pues ya habrían disfrutado Rayuela en la edición original de Sudamericana (hoy un tesoro inhallable) o en las ediciones anotadas de Ayacucho (incluyendo el capítulo perdido en el orden de lectura) o de Cátedra (donde subrayé "hay libros que te llegan en el momento adecuado" cuando nunca subrayo los libros) o en la renovada y oportunista de Alfaguara (agregando varias cartas sobre la redacción) que acaba de publicarse. Yo mismo volveré a leerla (como me propuse hacerlo por lo menos una vez cada década) y seguiré buscando a la Maga, aunque ya la haya encontrado y no lo sepa, aunque le dé otro nombre y otro origen, aunque me desarme, me desconcierte, me contradiga: ella cruza la vereda y andá a seguirla.

12 de febrero de 2013

Carta a Julio Cortázar

Querido Julio:

No creo que te llegue esta carta, sólo conozco una de tus direcciones postales y hace tiempo te mudaste. Así que no la leerás. Pero alguien lo hará en tu lugar, y entonces tendrá sentido escribirla. ¿Y por qué te escribo? Qué sé yo. Porque no lo hice antes y quería contarte alguna cosa. Como por ejemplo, que estuve con Aurora y ya está muy viejita pero tan lúcida y pizpireta como siempre. Y también con Noé Jitrik, al que le debo una visita a su biblioteca. Trabajan más que yo, y no es que yo me esté de brazos cruzados: Estoy leyendo a Foucault, a Wislawa Szymborska, a Houellebecq, el Tratado de argumentación de Perelman (éste para las clases que doy en la facultad) y una recopilación de textos sobre lo global y lo local. Y ayer, un cuento de Samanta Schweblin, "Un hombre sin suerte". Te gustarían sus cuentos, tienen un punto siniestro que harían bailar a Poe.
De vez en cuando me paso por la librería Norte, la que era de Héctor Yánover y que ahora dirige su hija. Hablo con Sandro Barrella sobre poesía y se manda alguna recomendación. Hace meses le encargué una antología de Tranströmer y Potrillo de Charles Wright. El primero estaba por comprarlo la última vez que fui, pero el precio me desbarrancó, y eso que la editorial Nórdica no es tan cara como otras españolas. Puse cara de vampirillo y lo reservé. Y sólo logré retrasar su compra por algún otro desaprensivo. Sandro me dijo que han llegado más ejemplares; voy a ver si para la próxima vez me hago un dobladillo en el pantalón y me reservo unos pesos.
El verano porteño me aplasta con su humedad sin lluvia, como una mosca contra el cristal. Hoy he ido al río para un reportaje sobre españoles en Argentina. Tú sabes cómo es eso de las nacionalidades, los países. No te lo recordaré. Pero es extraño defenderme como extranjero cuando no lo siento así, y tener que inventarme qué echo de menos (salvo la familia y los amigos) o cómo me afectó la crisis (cuando la económica no deja de ser una consecuencia de la social y la moral de décadas y décadas).
Bueno, no te entretengo más, debes de estar muy ocupado. Mesecina no sabe de ti pero si supiera te mandaría unos ronroneos y te maullaría una especie de canción. Como no es el caso se tira al suelo como un bife y huye del calor. Yo te mando un saludo y todo el afecto,

                                                                                                       Óscar.