29 de mayo de 2010

Insomnio

...La mente, llena de...
realidad, no logra descansar...
Las horas zumban y...
aletean al oído....
Sin sentido...
con todo el sentido...
Las huellas entre...
los puntos...
El preludio de...
la noche hoy parece...
un sueño...
si no fuera porque la mente...
llena de realidad...

28 de mayo de 2010

Las afinidades electivas

Alguna vez me he preguntado por qué no tengo buena relación con ciertas personas. No porque me lleve particularmente mal con ellas, sino porque no tenemos conversación o porque se comporta de una manera distinta a la mía con la que no me siento particularmente cómodo. A menudo lo he atribuido a diferencias de carácter y no le he dado más vueltas. No congeniamos, no hay química. Ni mucho menos empatía. Pero hoy, con una compañera de trabajo, lo he visto tan claro que no hay duda de cuál es el motivo.

Con todo lo que he escrito aquí es evidente que me gusta la literatura, la buena literatura, aquélla que desde la primera página te hechiza, te despierta todos los sentidos y de la que no sales indemne de ella porque ha cambiado tu vida para siempre. En cambio, esa compañera ha dejado muy claro lo que opina de la literatura: "yo quiero que un libro me entretenga, no que me haga pensar, que ya suficientes problemas hay en la vida y ya es demasiado complicada". Bueno, que la vida va en serio no se lo discuto a nadie, pero sí que un libro sea un problema. Que lo sea escribir de acuerdo porque requiere mucho esfuerzo. ¿Pero leer? Al contrario. Si lo que hace es aliviar todos los problemas, y hasta puede que nos los haga ver de otra manera. Incluso puede que la vida sea demasiado complicada por no haber leído los libros adecuados. No porque busquemos la salvación en los libros, sino porque éstos nos permiten desarrollar nuestra capacidad de razonar y de advertir que las cosas pueden ser de una manera muy distinta de cómo imaginamos.

Pero esa compañera siguió con su discurso convencida de tener toda la razón: "Yo no leo poesía, ésa no es mi sensibilidad, es la de otra persona y no la puedo compartir. Para mí la poesía siempre está escrita en 3ª persona. Sólo es sensibilidad y no hacen falta tantas páginas para expresar un sentimiento que además no es el mío"; "yo prefiero leer traducciones. A los originales les sobran muchos adjetivos que en la traducción se eliminan de un plumazo"; "yo quiero que me cuenten una historia, no lo que piensan"; "los clásicos son un tostón. Los que me leí cuando estudiaba me los aprendí por obligación, pero no me gustaron nada"; "hay que enseñar lo básico, eso los alumnos se lo tienen que aprender y si les gusta o no da igual"; "me vienen algunos con lo que tendría que haber leído, como si lo supiera todo el mundo, pero yo no tengo por qué leer eso"; "a mí la cultura no me interesa. Para mí leer es un ocio como dar un paseo. Y qué obras más feas tiene el museo de El Prado. A cualquier cosa le llaman arte".

A todo esto apenas he contestado alguna que otra palabra. Tendría una fácil réplica pero sé que a ella no le interesa. Como tampoco le interesará este diario, que tiene muchas de las características que ella condena. Así que contestaré aquí, sabiendo que aquí a alguien podría interesarle, con breves respuestas: para leer poesía se requiere una sensibilidad que no se puede entender más que en la propia poesía; las traducciones a menudo son una mala copia del original, las malas traducciones siempre son un mal resumen del original; "para contar una historia hay que pensar"; es difícil disfrutar un libro leído por obligación. Si no te gusta un libro déjalo: ya volverá a ti cuando lo necesites; yo quiero formar lectores, no alumnos brillantes...y huecos; me gusta recomendar lecturas a quien creo que pueden interesarle por sus gustos, nunca las impongo; a borrico regalado no le mires el hocico.

Qué gusto no sentirse solo en el mundo.

25 de mayo de 2010

Héroes






El momento en que la idea nace para la historia es cuando carece de dudas y se convierte en verdad.

Cuánto habremos aprendido sin ser conscientes de que lo estábamos aprendiendo. El conocimiento inmanente sobreviene como una promesa cumplida. Y no me refiero a doctrinas ni predicaciones sino a las historias que animaron nuestra imaginación mientras nos mostraban cómo era el Imperio Romano, el Congo, la Luna, el valor, el asombro, la compañía. La imagen simbólica del mundo trasciende a las líneas perfiladas de unos trazos reconocibles, y nos reconocemos en ellos, en su inmediata identificación.

En otra palabras y para que esto no sea un salto brusco: todo es tan simple como reconocerse en los pensamientos y en las acciones de estos dibujos. De tantas lecturas como hemos tenido y de algunas no alteramos en absoluto su recuerdo. Leíamos como devorando las palabras, una tras otra, y esperábamos la siguiente entrega como si de ella dependiera el futuro. La realidad no podía ser más optimista que esa sonrisa dibujada, y el enigma de la portada de qué aventuras se relatarían tras ella. Todo sería mucho más sencillo, todo entonces se explicaría en una acción o un gesto que no admite dobles sentidos.
Aquellos personajes nunca pueden engañarnos, nunca nos han traicionado. Siempre están a la altura de sus expectativas. Son los héroes de nuestra vida. Y quién no sabrá su nombre. Hubo muchos otros y muchos más vinieron después. Pero cuando se trata de héroes la primera imagen dibujada y perfilada que se nos viene es la de los que han derrotado hasta el tiempo de este mundo loco de insensatos.

23 de mayo de 2010

De tiempos posibles

En apenas dos semanas el pasado se ha hecho presente por dos encuentros memorables, tanto que se imponen por sí mismos y me obligan a transcribirlos de la manera en que este lugar lo permite. A fin de cuentas, ¿a quien pueden importar las cosas de uno mismo si no es a uno mismo? A muchos, parece ser, por las noticias de cotilleos y otros agujeros intrascendentes. Pero como a alguien le interesará, aunque sólo sea a uno mismo, debo consignar que, después de diez años, me reencontré con mis compañeros del colegio y con mis primos.

Fueron diez tanto en un caso como en el otro: diez de la última cena con algunos de los compañeros y diez de la visita a mis primos. Y, en apenas unas horas, fue volver al punto en que lo dejamos, con apenas unas arrugas que nos llevaran la contraria pero el mismo afecto, las mismas bromas, los mismos recuerdos. No soy muy amigo de las nostalgias, prefiero construir el presente y el futuro, pero es que justamente allí había presente, no sólo una colección de fotos y de anécdotas. Si digo que volví a sentirme el niño que no pensaba más que en jugar con los de la clase es que hasta las palabras se vuelven con la misma estructura, la misma ingenuidad. Tan sólo la conciencia no me permite serlo del todo, esa conciencia de hilar una palabras otra y del cómo y del cuándo. Y así fue también con mis primos, de quienes aún estoy asimilando que los volviera a ver después de tanto tiempo y de tanto cariño, pues cada vez que nos veíamos era un acontecimiento, siempre, sin excepción, y tan cruel la despedida como arrancarse las uñas.

¿Por qué, pues, dejamos que pase tanto tiempo? ¿Por qué no hacemos posible el tiempo? ¿Por qué hay que terminar con preguntas, como si sólo pudiéramos remitirnos a la duda de un nuevo e incierto encuentro? ¿Por qué me quedo con la sensación de que aún no he dicho nada?

4 de mayo de 2010

Apócrifo. Atribuido a mí

Uno piensa que es de su gusto lo que lee o ve o escucha porque se identifica con el texto o la imagen o el sonido. Se crea una empatía certera entre la percepción y la experiencia de ser uno mismo. Y entonces uno sustituye la anécdota ajena por su recuerdo.

Qué complicado pensarlo así. A ver qué tal se ve con luz natural.

Si pongamos que leo:

"Vengo de la calle. Día agitado. Chl me llevó a ver una silla especial para computadora, bastante cara pero que según ella resolverá todos los problemas de mi vida. La silla que estoy usando está por hacerme caer de espaldas. De todos modos tengo que esperar alrededor de una semana para que me entreguen la nueva - que, entre otras cosas, permite regular la altura del asiento -."

Enseguida este párrafo de La novela luminosa me evocará una situación muy parecida a la que cuenta Mario Levrero, y podría transformar el texto así:

"Vengo de la calle. Día agitado. Con Mar fui a ver una silla especial para el ordenador, bastante cara pero que según ella resolverá los problemas de nuestra espalda, que se está arruinando de tanto usarla frente a un monitor. La silla que estuvimos usando se balanceaba como una cobra negra, y ya parecía estar a punto de picarnos. De todos modos tuvimos que pasar alrededor de una mañana para que nos entregasen la nueva - que, entre otras cosas, pusimos a prueba con nuestros vaivenes en la tienda-."

Luego puede suceder que escuche por primera vez una canción como Wake Up de Arcade Fire:



Y su impacto emocional sea tan enorme que me obligue a escucharla una y otra vez,



y la multiplique en mi conciencia y me despierte algo como si la canción hubiese sido compuesta para mí. Y aunque en ningún momento lo crea de ese modo ya hablo de despertares y siento ganas de cantar como si de esto dependiera la salvación del mundo.

Por ahí, sin que se explique del todo, esté el significado de escribir, componer o pintar. Como una muestra de agradecimiento, puede ser la manera de devolver el favor, de entender qué es un espejo. Si uno estuviera solo el arte carecería de sentido. Y siempre faltaría una frase más que completara los puntos.

23 de abril de 2010

Sant Jordi

De todas las fiestas, de todas las fechas hay una especialmente señalada en rojo, aunque los calendarios la tiñan de negro o de gris y la rodeen de discreción y de intrascendencia. Éste es el día de Sant Jordi, el día del libro y de la rosa en Cataluña y el mejor motivo para sentirse catalán. Al margen de las listas mercantiles y de las alharacas ornamentales que quieren convertir este día en una especie de Navidad, hoy no existe más compromiso que el de regalar a quien te apetezca, sea tu pareja, tu familia o tu amistad. Y además es un libro. Y además puede ser un libro y una rosa.

La historia de Sant Jordi, como la conté hace tiempo, trata de un caballero al que le dio por matar a un dragón y así casarse con la princesa. El caballero tuvo una buena idea porque se ganó el amor de la princesa y además, como era muy culto y letrado, inspiró la buena costumbre de regalar libros que contaran su historia y muchas otras. No está mal pensado. Aunque no me extrañaría que estuviera compinchado con el dragón, quien podría haberle dicho algo así como: "mira, estoy cansado de aterrorizar a los humanos y de que éstos me sacrifiquen sus vírgenes. Si en el fondo me caen bien, tan débiles y sumisos. Pero no sé cómo hacer para no darles miedo. ¿Qué te parece si tú me clavas una lanza? No te preocupes, no me va a doler mucho. Yo luego me transformaré en un rosal de los de rosas rojas y así todos se alegrarán de verme". Y colorín colorado, este cuento ha terminado. Luego vino la leyenda, pero eso es otra historia. Hoy me quedo con la rosa, con los libros, con los premios (¡Amira ganó el de literatura!) y regalo estas pocas palabras antes de perderme en la nostalgia.

6 de abril de 2010

La casa del bosque

Sucedió como un azar premeditado. Y no por eso dejó de ser menor la sorpresa. Cuando supe que iba a pasar el día de la Mona en el cercano pueblo de Áger advertí, ya en camino, que el sol me quemaría sin una crema protectora, que aquellas zapatillas eran endebles para las piedras del camino y que mis piernas y el resto del andamiaje acabaría molido a golpes como una guitarra en un concierto neurótico. Sorteamos en una Renault Express los baches, las rocas movedizas, los resaltos y las pendientes; y la dejamos junto a una ermita en ruinas que contaba con inscripciones memorialistas ("por aquí pasó...") de hasta 1976. A pesar de los anchos caminos y de todas las personas con las que nos cruzamos en bicicleta, en otro coche o en parapente, de repente estábamos solos en medio de un bosque. Serían más de las tres de la tarde. Habíamos comido con tanta abundancia que el sol aprovechó para cumplir su amenaza mientras descorría el velo de sombra de una encina, bajo la que nos habíamos tumbado. Yo probé una de las bellotas que teníamos como colchón y su dulzura me llevó que guardara otras en la bolsa. Entonces sugirieron: "vamos a ver la casa de un amigo de mi tío, no está lejos". Y, como aún había que bajar la comida, subimos a pie por el camino que nos había traído. "Debería haber alguna senda hacia la derecha". La tierra, blanda y seca como arena, aún mostraba las huellas de un jabalí que, dócil, había elegido los márgenes, como acostumbrado a las carreteras. "Ah, mirad, podríamos ir por aquí, parece que se puede pasar". Uno tras otro, caminábamos al paso de las hormigas, haciendo crujir las hojas caídas de los árboles. Romeros y tomillos, y el canto de un pájaro. Parecía una estampa sacada de un cuento fantástico, alguno de esos cuentos románticos que escribió Bécquer en los que el aire es azul o verde y parece que en cualquier momento pudiera aparecer una ninfa o un lago encantado, en medio de nuestro rutilante paso, como si pasara nada. Y entonces pasó.

Llegamos a donde se alzaba la casa, toda una casa con su jardín, su corral, su entrada, sus ventanas enrejadas y su cartel delatando su nombre: La cova d'en Rossell. Estaba construida en la oquedad de la roca, de tal manera que se hallaba incrustada a ella. El agua se filtraba por la pared agreste e incluso goteaba en algunas curvas.
Entramos por la puerta principal, miramos por las ventanas y rodeamos la fachada hasta dar con una puerta entreabierta. Una escalera. Subimos y nos encontramos con un pequeño dormitorio, con dos colchones, un espejo, dos perchas, una silla plegable y una mesita, con una pesada maleta. Y dentro de la maleta, un enorme libro de tapas metálicas que había dejado el dueño de la casa como libro de visitas para que los visitantes dejaran su propia huella. Leímos algunas historias sobre Villena, Aragón y otros lugares, y decidimos dejar la nuestra: "somos los últimos supervivientes de la civilización maya o de sus premoniciones, aún no lo sabemos", etc. Al terminar cada uno dejó un garabato y dejamos el libro, la habitación y la casa tal como nos lo habíamos encontrado. Como buenos viajeros de paso, enriquecidos de recuerdos, llenos de vida.