¿Por qué se aprecian tan poco las palabras? ¿Por qué a veces creemos que sobran, que están de más? Nos han convencido de que una imagen vale más que mil palabras y también que lo importante son los hechos, no las palabras. Y lo aceptamos así porque también nos han dicho que las palabras se las lleva el viento.
Pero es evidente - es muy evidente - que eso no pasa: no se las lleva el viento porque no vemos las palabras atrapadas en un tornado, en un huracán, ni siquiera en una ráfaga de aire. No, no las vemos, mientras que sí es algo visual un hecho o una imagen y por eso acabamos dando más valor a lo que está frente a nuestros ojos aunque sepamos que las apariencias engañan. Podemos perdonar el engaño de las apariencias pero desconfiamos de las palabras. ¿Por qué?, formulo de nuevo la pregunta. La respuesta no está en el viento.
Usamos las palabras por costumbre, sin saber qué decimos. Nos parecen comunes, vacías. Les falta el sentido porque no las sentimos. Las repetimos como loros ambulantes, reproducimos su esqueleto invisible y sin forma y acaban por sonar con el mismo ruido "hola", "te quiero", "nunca más". Pero las palabras no deben ser ruido. La música tampoco, eso lo asumimos. La música nos conmueve, altera nuestro ánimo, nos suena bien al oído. Las palabras también: son un tipo de música que resuena en nuestra mente. Si les prestamos atención, si fueron ordenadas en una armonía o violentadas en un caos pero en cualquier caso armadas con un sentido tal vez nos alcance ese sentido y se quede en nuestra vida. Eso podría llamarse poesía pero es mejor que cada uno encuentre su nombre.
No está todo dicho: esto sólo es un punto para que lo escrito pueda ser leído.
Y quiero que pueda ser leído para dedicárselo a quienes hoy tienen mis palabras en una carta. Este es el sentido de mis palabras, es el valor que le dan Hilen Lezcano, Hilary Montenegro y Lia Elias. A ellas les debo lo que hoy escribo, por ellas van estas palabras de agradecimiento.
30 de noviembre de 2015
12 de septiembre de 2015
Calle Constitución, 7:30
Se asoma a un falso balcón, a pie de calle. Mira hacia ambos lados, se aposenta en la barandilla. Da la sensación de que está en la calle misma, sobre la vereda, reclinado, como si surgiera de un portal. Viste una bata blanca, recién levantado, recién salido de la ducha.
Sentado, apoyando la espalda contra la pared, estirando las piernas sobre la mugre del suelo, sostiene una botella de vidrio verde, casi vacía. No tiene la mirada perdida, pierde la mirada entre la indiferencia de su entorno, que le trae sin cuidado.
Lleva un chaleco rojo de cuero satinado, muy ceñido. Se le acerca un hombre que mide alrededor de dos metros como si fuera a contarle una confidencia. A su lado ella parece una niña. Quién sabe hasta qué punto sigue siéndolo. Ella mira hacia lo disperso. Sólo alcanzo a escuchar tres diálogos: - ¿Y veinte? - También.
- ¿Y adónde podemos ir?
Descansa en el cordón de la vereda, con el carro lleno de cartones enfrente. - Capo, eh, capo - me grita cuando paso por su lado. Me hace un gesto con la mano que no entiendo. - No, lo siento, no fumo. - Pará, que no te pido un pucho, la concha de la lora, lo que quiero es que me ayudes. Ha girado la cabeza, creo que me sigue mirando sin levantarse. Para entonces ya me he alejado de la conversación.
Una madre lleva a su hijo al colegio. De la mano, lo lleva de la mano, marcando el paso con dureza. La mochila es pesada y el niño, con sus cortas piernas, es casi arrastrado por la madre, moviéndose como un tren de mercancías. Sólo se detienen en los semáforos. Sincronizados, el verde y el rojo miden las respiraciones.
Camina solo, con pasos rápidos, pelo corto, casi al ras. No mira a nadie, se diría que anda perdido si no fuera por el gesto mecánico y preciso con que levanta una mano y se lleva a la nariz un plástico. Aspira el plástico, baja la mano. Está sin estar. Pero ya se fue hacia donde no vino.
La música revienta en la calle. Salsa. Alegres trompetas que se entremezclan con las voces del interior y del exterior. Vienen de una casa de planta baja, unas puertas negras, metálicas, con los ventanales tapiados con papel. Se congrega allí la comunidad dominicana. O parte de ella. O quienes pasan la noche de fiesta y por la mañana se mezclan con los que empiezan a trabajar, mientras siguen en su microcosmos.
Cruza la vereda a mi altura. En una mano tiene varios paquetes de pañuelos descartables, levanta la otra para que se la choque a modo de saludo. Como sigo caminando me empuja con su cuerpo contra la pared pero no logra detenerme del todo. - Para cualquier momento no me comprarías es una oferta tres por diez pesos. Habla rápido, es un discurso apenas murmurado con una voz dormida. - No, tengo que trabajar, ¡que voy a trabajar! Insiste con las mismas palabras u otras similares, lo que dice se me vuelve incomprensible hasta que logro franquear su traba. Ninguno de los dos retrocede, seguimos de largo en direcciones opuestas.
El tramo que desemboca en la avenida Entre Ríos está cortado por la policía. Va a desalojar una casa ocupada. Ha parapetado los accesos con vallas enormes y negras, como las usadas para contener las manifestaciones. Algunos uniformados deambulan con languidez alrededor de las vallas, de uno y otro lado. Otros uniformados conversan con el desafecto de tomar un café.
Sentado, apoyando la espalda contra la pared, estirando las piernas sobre la mugre del suelo, sostiene una botella de vidrio verde, casi vacía. No tiene la mirada perdida, pierde la mirada entre la indiferencia de su entorno, que le trae sin cuidado.
Lleva un chaleco rojo de cuero satinado, muy ceñido. Se le acerca un hombre que mide alrededor de dos metros como si fuera a contarle una confidencia. A su lado ella parece una niña. Quién sabe hasta qué punto sigue siéndolo. Ella mira hacia lo disperso. Sólo alcanzo a escuchar tres diálogos: - ¿Y veinte? - También.
- ¿Y adónde podemos ir?
Descansa en el cordón de la vereda, con el carro lleno de cartones enfrente. - Capo, eh, capo - me grita cuando paso por su lado. Me hace un gesto con la mano que no entiendo. - No, lo siento, no fumo. - Pará, que no te pido un pucho, la concha de la lora, lo que quiero es que me ayudes. Ha girado la cabeza, creo que me sigue mirando sin levantarse. Para entonces ya me he alejado de la conversación.
Una madre lleva a su hijo al colegio. De la mano, lo lleva de la mano, marcando el paso con dureza. La mochila es pesada y el niño, con sus cortas piernas, es casi arrastrado por la madre, moviéndose como un tren de mercancías. Sólo se detienen en los semáforos. Sincronizados, el verde y el rojo miden las respiraciones.
Camina solo, con pasos rápidos, pelo corto, casi al ras. No mira a nadie, se diría que anda perdido si no fuera por el gesto mecánico y preciso con que levanta una mano y se lleva a la nariz un plástico. Aspira el plástico, baja la mano. Está sin estar. Pero ya se fue hacia donde no vino.
La música revienta en la calle. Salsa. Alegres trompetas que se entremezclan con las voces del interior y del exterior. Vienen de una casa de planta baja, unas puertas negras, metálicas, con los ventanales tapiados con papel. Se congrega allí la comunidad dominicana. O parte de ella. O quienes pasan la noche de fiesta y por la mañana se mezclan con los que empiezan a trabajar, mientras siguen en su microcosmos.
Cruza la vereda a mi altura. En una mano tiene varios paquetes de pañuelos descartables, levanta la otra para que se la choque a modo de saludo. Como sigo caminando me empuja con su cuerpo contra la pared pero no logra detenerme del todo. - Para cualquier momento no me comprarías es una oferta tres por diez pesos. Habla rápido, es un discurso apenas murmurado con una voz dormida. - No, tengo que trabajar, ¡que voy a trabajar! Insiste con las mismas palabras u otras similares, lo que dice se me vuelve incomprensible hasta que logro franquear su traba. Ninguno de los dos retrocede, seguimos de largo en direcciones opuestas.
El tramo que desemboca en la avenida Entre Ríos está cortado por la policía. Va a desalojar una casa ocupada. Ha parapetado los accesos con vallas enormes y negras, como las usadas para contener las manifestaciones. Algunos uniformados deambulan con languidez alrededor de las vallas, de uno y otro lado. Otros uniformados conversan con el desafecto de tomar un café.
27 de julio de 2015
Sobre la selva negra (a dos voces)
Con tres puntos
Sombras
Tres puntos sombras volaban
El aire los jalaba
Eran succionados
Algo quería comerlos
Y la columna vertebral salía
Era un vómito de puntos negros
Qué visceral
Qué visceral dijiste
Y los puntos giraron de nuevo
Qué nuevo giro formaron
Por dónde entraron
Si salieron de la columna
No, ya no podían entrar
Se juntaron y empezaron a volar saltando
Tres puntos no podían ser negros
Formaban sonidos como de agua goteras
Y empezó a llover
Ahí se juntaron
Se volvieron agua tinta
Tenía que quedar en blanco y los puntos seguir
No, era negra
Y sobre la nieve caían
Si había mucha nieve
La nieve se derretía con ellos
Allá el cuerpo era un punto
Allá se hería en el aire
Y ahora es una sola nota
Extendida sobre la nieve mortal del tiempo.
Sombras
Tres puntos sombras volaban
El aire los jalaba
Eran succionados
Algo quería comerlos
Y la columna vertebral salía
Era un vómito de puntos negros
Qué visceral
Qué visceral dijiste
Y los puntos giraron de nuevo
Qué nuevo giro formaron
Por dónde entraron
Si salieron de la columna
No, ya no podían entrar
Se juntaron y empezaron a volar saltando
Tres puntos no podían ser negros
Formaban sonidos como de agua goteras
Y empezó a llover
Ahí se juntaron
Se volvieron agua tinta
Tenía que quedar en blanco y los puntos seguir
No, era negra
Y sobre la nieve caían
Si había mucha nieve
La nieve se derretía con ellos
Allá el cuerpo era un punto
Allá se hería en el aire
Y ahora es una sola nota
Extendida sobre la nieve mortal del tiempo.
20 de julio de 2015
Compartir el sentido, repetirlo
El sentido consiste en que lo que yo digo no sea simplemente «dicho», sino que para ser dicho, en verdad, me vuelva repetido. Pero al volverme así – desde el otro – ello también se vuelve otro origen de sentido. El sentido es el paso y la participación de origen en origen, singular plural. El sentido es la exhibición del fondo sin fondo, que no es un abismo, sino simplemente el con de las cosas que son, en tanto que son. El logos es diálogo, pero el diálogo no tiene por fin superarse en «consenso» sino que su razón es tender, y solamente tender, dándole tono e intensidad el cum-, el con del sentido, la pluralidad de su surgimiento.
(Jean-Luc Nancy: Ser singular plural)
(Jean-Luc Nancy: Ser singular plural)
18 de julio de 2015
Terapia del hogar
Rue de Lille 5, París (vivienda de Lacan)
Maresfield Gardens 20, Londres (vivienda de Freud)
6 de julio de 2015
Pausa
Reviso este diario después de muchos, demasiados días para la presencia que debería tener. Y justo lo hago cuando estoy enfermo, con un malestar general después de una noche sin dormir. Hago una pausa por enfermedad, me visito por enfermedad. Cuánto he hecho, en qué tiempo he estado. Me dejo arrastrar por las miserias cotidianas y eso es lo que me enferma, no este resultado de escuchar, por ejemplo, a Rachmaninoff cuando me levanto de la cama y me acerco al diario. Dudo, me entorpezco por darme la vuelta hacia el camino de la habitación. Evgeny Kissin tocando a Rachmaninoff. Antes lo he escuchado en un concierto de Chopin dirigido por Zubin Mehta. Cuánto tiempo sin una pausa. Y cuántas pausas se habrán tomado ellos, estos músicos que ahora escucho y me sanan. De todas las vidas cuál me enferma, cuál me repite: ¿Me vuelvo a la cama? Me adormezco. Las pausas son breves.
2 de mayo de 2015
Lluvia punto rojo (a dos voces)
Hoy es miércoles y sigo por aquí
Como si nada y como si todo hubiera pasado
Punto cero
Punto abierto
Ruleta rusa
Donde tienes todos los números
Y el ocho es azul rey
Con visos agua marina
Azul ocho
Ola girando en círculos
Ruleta de mar
Salpicando
Burbujas y letras
Las frases caen como lluvia fina
Son mantras
Golpean las nubes
Generan ritmos de agua
¿Quién los escucha?
Dios
Que es otro de tus nombres
Cuando te llamo y me escribes
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