21 de octubre de 2008

Cambio de hora











Hay días en que uno no sirve para nada.
Uno se levanta, se ducha, desayuna. Y sigue sin servir para nada, pese a los intentos de purificación y de renovación.
Entonces sobreviene algo molesto, como la lluvia golpeando el cristal, los surfeos de los coches en la calle o el vecino golpeando algo como si fuera a arreglarlo. Y entonces claro, ya tenemos excusa: eso no nos va a dejar hacer nada, por eso uno no sirve para nada.

Pero si uno piensa (lo cual no siempre es fácil) y recuerda (lo cual aún puede ser más difícil) se dará cuenta de que alguien, hace unos días, decidió que había que adelantar una hora de los relojes con la finalidad de ahorrar energía o aprovecharla, no queda muy claro. Ese dictamen salomónico fue aceptado por la mitad del país, de modo que ahora dos husos de horario: el oriente es una hora más, el occidente una hora menos.

Ante tamaño despropósito festivo se entiende mejor que llueva después de semanas sin una gota, los coches enmudezcan y enfermen de mar y el vecino se convierta en un artista del martillo. Y que uno no sirva para nada, a la espera de que se le recomponga la descajetada caja de música mental con que se mueve cada día.

15 de octubre de 2008

Catálisis

Mutaciones de la historia
Ponemos una canción a propósito
que suena como nosotros queremos
porque por alguna razón hemos elegido escucharla,
Diacronía endógena
y la canción comienza a sonar
y el aire hasta suena distinto a como era antes,
hasta que sucede algo que quiebra la canción,
Contratiempo
el timbre de la puerta, el timbre del teléfono,
Desde el momento
una noticia en la tele, una noticia en la radio
y lo que era canción
ahora es un té
o es una chaqueta sobre los hombros
o un nudo en el estómago
y de repente no entendemos nada salvo la canción
En que hay un cambio
o lo entendemos todo salvo la canción,
que se repite con insistencia pero ya no suena igual
porque se ha hinchado de vida y de muerte
Modulaciones de la existencia
y de otras escenas
que sin ser nosotros ya forman parte de nosotros mismos,
La simultaneidad de lo plural
como la propia canción.

13 de octubre de 2008

Mímesis

Acabo de descubrir por casualidad (como suele pasar con los descubrimientos) una nota sobre un tema que traté hace días, expuesto de una manera más sistemática y reflexiva. Eso me da pie a pensar, una vez más, en lo que consideramos plagio y original, esas palabras que, como todas, vagamente sabes qué significan, pero que usamos a menudo para condenar o glorificar a alguien. Así, de manera sistemática y reflexiva, se me ocurren unas consideraciones sobre estas historias.

1. Si alguien más habló de algo que tú también pensaste es que era algo lo suficientemente interesante como para ser pensado más de una vez.

2. Si alguien más habló de algo que tú también pensaste es que era algo tan obvio que cualquiera podría darse cuenta.

3. Si alguien más habló de algo que tú también pensaste es que era algo que alguien más pensó antes que tú, alguien que no habrás conocido como, a su vez, quien lo pensó después de ti tampoco te ha conocido.

Dicho lo cual la mejor dicha es enmudecer y luego repetirse hasta el infinito en el círculo de ignorancias comunes.

9 de octubre de 2008

Crisis

En solidaridad con la crisis financiera mundial, los habitantes se suman a ella con la súbita recesión de sus fondos. Parece debido a un duplicado de la tarjeta, a una estafa o quizás, sencillamente, a la mediocridad del sistema, entendido como sistema económico y sobre todo social que conmueve a la humanidad.

Esta mañana hemos leído una nota que encajó con el tema de tal manera que pidió ser reproducida. Aunque quien crea en las casualidades es quien desconoce los motivos. La cita, pese a ser un poco larga, vale la pena reproducirla:

"Hay valores rivales. Son por ejemplo: el poder político, que no siempre está de acuerdo con el valor espíritu, el valor seguridad social, y el valor organización del Estado.
Todos esos valores que suben y bajan constituyen el gran mercado de los negocios humanos.
Entre ellos, el desdichado valor espíritu casi no deja de bajar.
La consideración del valor espíritu permite, como todos los valores, dividir a los hombres según la confianza que pusieron en él.
Hay hombres que depositaron todo, todas sus esperanzas, todas sus economías de vida, de corazón y de fe.
Hay otros que se le han consagrado mediocremente. Para ellos, es una inversión sin demasiado interés, sus fluctuaciones les interesan muy escasamente.
Hay otros que se preocupan extremadamente poco por ellas, que no pusieron su dinero vital en este negocio.
Y por fin, hay que confesar que están quienes lo hacen descender lo más posible." (Paul Valéry: “La libertad del espíritu”, p.29)


Entonces es así, es evidente. Muchos hablan de crisis pero las verdaderas pérdidas, las pérdidas irreparables, de ésas no se habla. Me refiero a las que trascienden del carácter de uno mismo, de lo que nos convierte en simpáticos, agradables, queridos, buscados. El valor de una persona no tiene medida ni cuenta corriente, el verdadero valor de una persona consiste en hacer sentir mejor a las otras personas, es decir, en mejorarlas del mismo modo en que uno mismo sana sus imperfecciones de la basura del ser íntimo y común. Es decir, en este sentido de otra nota de Valéry, del mismo texto, copiada poco después:

"El hombre que tiene un empleo, el hombre que gana su vida y que puede consagrar una hora por día a la lectura, la haga en su casa, en el tranvía o en el subte, la hora es devorada por las noticias criminales, necedades incoherentes, chismes y los hechos menos diversos, cuyo desorden y abundancia parecen concebidos para atontar y simplificar groseramente los espíritus." (p.47)


Esa mediocridad es la que no nos deja ser como deseamos, es esa misma mediocridad la que impide expresar estas mismas palabras (porque estas palabras no bastan y hay que recurrir a las de Valéry), pues el concepto de mejorar es muy vago. Bastaría con abrir una puerta, servir una comida, escribir algo que magnifique al lector, hacerle sentir eso que también, de forma vaga, llamamos ser especial. Y, por fin, ser digno de recibir las gracias, al margen del sentido social, económico, religioso, ecuménico, tópico y teórico-práctico de la vida, con todo su sentido.

3 de octubre de 2008

La música por la mañana

Hoy me he despertado John Lennon. No sé si os pasará que a veces, de repente, una canción se os pasea por la mente sin motivo alguno, de tal manera que se sucede a medida que salimos de la cama, damos los primeros pasos al baño, nos duchamos, nos vestimos, desayunamos, hacemos todos esos ritos cotidianos y la canción sigue latiendo en nuestra mente. Si tenemos suerte conservaremos la sensación durante horas, si es que no hay un ruido (es decir una voz, una noticia, una estridencia cualquiera) que raye el disco como nos han mostrado en las películas. Claro que apenas ya quedan discos, pero el efecto en el mp3 no deja de ser igualmente terrible.

Bueno, eso es lo que ha ocurrido hoy, salvo que aún no ha venido ningún ruido a importunarme.

A mí no me gusta especialmente la música de John Lennon ni la de los Beatles ni la de sus epígonos con mejor o peor fortuna. Los considero unos músicos sobrevalorados. Compusieron un puñado de buenas canciones, está bien. Impusieron una estética, fueron más famosos que Jesucristo, de acuerdo. Pero no tienen el estatus de genio (en realidad habría que pensar a qué pocos se les puede aplicar ese calificativo) y cuando escucho una de sus canciones, en el mejor de los casos no me produce más que una sensación de bienestar que en modo alguno es comparable a la de otros músicos.

Pero hoy me he despertado con una canción de John Lennon bailando en mi cabeza, así que he ido al ordenador, la he puesto y esa canción ha llamado a otras similares porque ha estado bien escucharla, no para derretirse como el queso ni para derramarse como la leche pero bien, todo bien. Entonces he escuchado ésta:



Y sí, me he sentido bien. Como si no fuera posible estar de otra manera. Creo que esto es lo mejor que se puede decir de una música: que te haga olvidar las basuras de otros días y no haya más alegría ni más dolor que el de esa música, con toda su carga emotiva. Es pensar en el rincón, en la figuración, en la sensación, en el botón, en la fusión, dónde termina lo soñado, dónde lo vivido si esto no es ganado ni perdido, si esto ya tiene un cierto ritmo de...

Esa música me conduce a otra que prolongue el afecto, ahora que tengo las defensas bajas una sobre el amor, y que lo sienta again and again and again.



Y siguiendo con el amor, de allí surge el hijo, el hijo imaginado.



Para, de alguna manera, llegar a un karma instantáneo.



Lástima que dure poco esa sensación. Tan poco que, sin ruido alguno, se haya diluido antes de que terminara esta mudanza. Esperaré que vuelva pronto.

30 de septiembre de 2008

Sendas de Buenos Aires

Vagamos de bar en bar buscando el lugar idóneo para comer. Al final nos decidimos por uno con amplia entrada, una antigua casa reconvertida en lugar común. El patio era gris, mojado por la lluvia que había caído poco antes, y en el interior no había más que dos mesas ocupadas, en esquinas opuestas.

Nos sentamos en un pequeño reservado, una mesa que daba a una amplia ventana: el marco del patio, el marco de la mañana.

Llegó la comida, la comida se fue. Sonaba música de los ochenta, es decir sobre todo de los ochenta, porque justamente uno de los habitantes recordó una canción de 1971 con la que hace unos años se reconcilió, que es una manera benévola de decir que la descubrió hace poco.



Por qué ésta, quién sabe. Se le presentó simpática y se quedó a dormir algún día. Y eso fue todo.

Luego vinieron otras, las de los ochenta que antes mencionamos, y ésas ya no sonaron tan bien. Con la música ocurre como con los libros, que tienen que estar en el momento adecuado para gustarnos o si no pasan por nosotros como una polilla, que ni se vio y sólo dejó una huella desagradable. Y entonces sí nos asomamos por la ventana, y ahí surgió Buenos Aires como una calle vulgar y fría. Los vecinos habían dejado crecer un árbol en la acera con el propósito de que diera sombra y, si fuera posible, aire. Lo que suele llamarse un pulmón. Pero el árbol era monstruoso, cubría totalmente las dos primeras plantas, incluyendo los balcones, y bordearlo se antojaba un trabajo forzado. Era raro: algo tan hermoso, convertido en un trazo urbano por alguien que no quería ni la naturaleza ni la ciudad.

Con el paso de las notas de música y de las gotas de lluvia fuimos trazando en un folleto, hallado en la bolsa de viaje, unas frases que fueron líneas que fueron versos, triángulo en cuyo vértice convirgió un poema. La discreción me hace dejar el tema.

Árbol de aire,
fútil calle sin brillo
La ciudad verde.

25 de septiembre de 2008

Aprendices






Tiempo atrás, los habitantes se empeñaron en aplicar en nuestra gata el método de aprendizaje de Pavlov que éste usó en un perro. El método en sí consistió en provocarle al pobre animal (nos referimos al perro) un estímulo con un objeto arbitrario, que en ese caso fue relacionar la hora de comer con el sonido de una campanilla. De esta manera el experimento científico fue un éxito y se logró que el cánido comenzara a salivar hasta babear con el simple sonido campanudo.

En nuestro caso, nos propusimos reconducir la conducta de la gata-perra cuando enloquecía y asaltaba la casa, es decir cuando en cuestión de segundos se afilaba las uñas en los sillones, botaba de la cama a la pared y tiraba al suelo cualquier objeto de la mesita de noche; todo ello acompañado de inequívocos maullidos para atraer la atención de los habitantes. Pero los habitantes se ve que no eran capaces de apreciar las cualidades expresivas de la gata-perra, así que recurrieron al método de Pavlov de la siguiente manera: se empeñaron en relacionar la amonestación con una escoba.

El proceso se dividía en dos fases:

En primer lugar la escoba tenía que ser una amenaza. Eso fue fácil. Si algo no soportan los gatos (y menos la gata-perra) son las escobas, como también ocurre con las aspiradoras. Esos bichos inertes que se arrastran por el suelo devorando placton terrestre son tan monstruosos a la altura de un palmo que no hay quien resista su presencia. Para qué dar más detalles.

La segunda fase era más complicada. Se trataba de no tener que buscar la escoba cada vez que había que reprender a la gata-perra y por eso se pretendió aúnar significante y significado, de modo que los habitantes se dedicaron a atormentar a la gata-perra gritando ¡escoba, escoba! y esgrimiendo el objeto en cuestión, hasta que la víctima se rendía y salía huyendo.

Las pruebas iniciales fueron esperanzadoras. Al simple sonido de ¡escoba, escoba! la gata-perra dilataba sus pupilas y alzaba la cabeza, temiendo que en cualquier momento apareciera el temible depredador. Pero fue en vano. Enseguida la reacción de la paciente pasó a ser una mirada incrédula de "qué le pasa a éste" para enseguida convertirse en "andate a cagar". Un fracaso rotundo. Había que revisar las notas.

Hoy en día la gata-perra campa a sus anchas por la casa. Es la reina de la noche. Pero después de todo ha aprendido algo. Ahora es más sutil. Hace lo que quiere sin que nadie se dé cuenta.