30 de abril de 2009

El fin del mundo



No hay duda, hemos llegado al fin del mundo. Todos los síntomas lo evidencian y así lo proclaman los diversos medios informativos, con la necesaria alarma que es necesaria en estos casos:

El Gobierno congela el recibo de la luz a cinco millones de hogares hasta 2012

España aporta ya dos de cada tres parados de la eurozona en un año

Caen vacas de punta

Los casos sospechos de gripe porcina en España superan el centenar

Tenía sexo con una camioneta

Gripe porcina: subieron a nueve los casos bajo sospecha en el país

Pémex reporta pérdidas de 26 mil 997 mdp

Grippe porcine: la France passe au niveu 5 d'alerte

Epidemia de dengue en Argentina


Ante tales muestras de pánico no queda otra que claudicar y admitir que hasta aquí llegamos. ¿Y ahora qué? Pues quién sabe, habrá que esperar sentado qué pasa mañana si hoy es el fin del mundo, a ver cuál es el nuevo mal que viene. ¿Superará el de ayer? Es complicado, cada día es un nuevo reto, pero no hay que perder la esperanza, siempre estamos a tiempo para eso.

15 de abril de 2009

Lo propio y lo ajeno

Lo que más me cuesta es lo que menos vale. Si me demoro es señal de que no estoy en esas cosas y menos aún lo estoy si me entretengo con cualquier excusa. Suelo empezar sin plan; el primer trazo acarrea el segundo.

Esto viene a ser una adaptación de las palabras de Montaigne referidas a las cartas. Pero las buenas palabras, las que tienen que decirse, se quedan a vivir con nosotros y nos acompañan cuando las necesitamos, si es que recordamos cómo convocarlas.

La suerte de no saber qué decir es que hay otros que sí lo han sabido y podemos recurrir a ellos cuando el pensamiento se vuelve perezoso. No hay motivo para que se ofendan; al contrario, es un halago que piensen en uno como el apoyo necesario. Por eso, en un momento como éste, es preferible acordarse de quien te hace bien con tanta facilidad:




Entonces deviene un nuevo despertar. La mañana se aclara como si pasaran las nubes, pues la pared de la izquierda tiene otra pared que, como los erizos de Cernuda, sintió frío y quiso compartirlo y que las alegrías y las penas del amor no desaparezcan para ser recuerdo de un olvido. Y como no hay sombra sin la proyección del sol, nuestro bosque de palomas disecadas debe ser mojado por la música de la mañana. En Buenos Aires hay cuatro espejos donde juegan tu boca y los ecos, hay gatos en las camas tibias, hay ratones en el horizonte, hay sombras cruzando los puentes, hay lascivias bajo los puentes, hay desorden de miradas desordenadas y un te quiero susurrado entre dientes.

8 de abril de 2009

La vida mandala (a...)

Ahora resulta que van a publicar las cartas que Julio Cortázar escribió a Carol Dunlop y ambos a su traductora al serbio Silvia Monrós-Stojakovic, y diarios como El País y Público lo celebran como un acontecimiento editorial. Ante esto es para pensar que estará bien visto expoliar a los muertos y más si son de prestigio, pues no podrán replicar ni conmoverse tanto si se les beneficia o se les perjudica. En el caso de Cortázar parece que están de moda ciertas actitudes contrarias frente a su vida y a su obra. A su vida se la ensalza, se le da un valor entrañable y por eso, para que el efecto sea completo, hay que documentar desde su primer hasta su último suspiro, qué calles pisó, dónde se alojó, dónde estudió, dónde dio clases, cómo es él, en qué lugar se enamoró, a qué dedica el tiempo libre. Como un intento (vano, por supuesto) de ponerse en su piel (esa metonimia tan obscena) y sentir lo mismo que sintió él, ya que fue un ser humano excepcional y así deberían serlo todos, al menos en su actitud frente a la vida, frente a la realidad, frente al mundo devorador de su propio ombligo. Así, se han publicado las biografías parciales o totales de Mario Goloboff, Miguel Herráez, Cristina Peri Rossi, Eduardo Montes-Bradley, Jaime Correas.

En cuanto a su obra, no deja de sorprender que pase lo contrario: no son pocos los críticos que lo denigran con un cinismo y una arbitrariedad que asusta, incluso cuando en esa misma crítica poco antes o poco después digan lo contrario y lo alaben hasta el cansancio. Sin entrar en detalles (no vale la pena darle más bolilla), tal es el caso de Claudio Martyniuk, de Estela Cédola y de César Aira. Como si dijéramos: "sí, es bueno, pero no es para tanto". O: "no lo soporto pero me encanta". O vete a saber qué, si es que esto tiene una explicación, si es que hay que explicarlo todo.

Hacemos una pausa para dar de comer a la gata (algo que le importaría más a Cortázar que todo esto) y volvemos.

Listo, ya hemos vuelto. Es lo que tiene la palabra escrita, que trata el tiempo como le da la gana. Sigamos, pues. ¿De qué iba todo esto? Ah, sí, de la publicación de las últimas cartas que escribieron Julio el Lobo y Carol la Osita. ¿Por qué, para qué leerlas? ¿Para saber cómo se sentían en los últimos años de sus vidas? ¿Para descubrir textos inéditos? Hay algo de mórbido en esta operación, algo que se alimenta de la mala curiosidad, no la de la gata, otra curiosidad, la curiosidad viciosa de, pongamos, un periodista que prefiere tomar la foto de un moribundo antes de ayudarlo. Cortázar (o, quien lo prefiera, Julio) publicó lo que tenía que decir y si la recuperación de un texto literario desechado podría aceptarse suponiendo un cambio de opinión del autor (que, por lo que sea, decida por fin publicarlo) en estas cartas no habrá más que dolor. El mismo dolor del Post-scriptum de Los autonautas de la cosmopista, que sí valía la pena ser publicado y leído y llorado.

Lector, tal vez ya lo sabes: Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos unidas en una sola búsqueda de ritmo y melodía.
Apenas terminada la expedición, volvimos a nuestra vida militante y partimos una vez más a Nicaragua donde había y hay tanto para hacer. Carol reanudó allí su trabajo de fotógrafa mientras yo escribía artículos para mostrar en todos los horizontes posibles la verdad y la grandeza de la lucha de ese pequeño pueblo que infatigablemente continúa su viaje hacia la dignidad y la libertad. También allí encontramos felicidad, ya no solos en los paraderos del París-Marsella sino en el contacto diario con mujeres, hombres y niños que miraban como nosotros hacia delante. Allí la Osita empezó a declinar víctima de un mal que creíamos pasajero porque en ella la voluntad de la vida era más fuerte que todos los pronósticos, y yo compartía su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso. Volvimos a París llenos de planes: terminar el libro, dar sus derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir todavía más intensamente. Siguieron dos meses que nuestros amigos llenaron de cariño, dos meses en que rodeamos a la Osita de ternura y en que ella nos dio cada día ese valor que nos iba abandonando. La vi emprender su viaje solitario, donde yo no podía ya acompañarla, y el 2 de noviembre se me fue de entre las manos como un hilito de agua, sin aceptar que los demonios dijeran la última palabra, ella que tanto los había desafiado y combatido en estas páginas.
A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita, que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe, junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista.

28 de marzo de 2009

A cuatro manos (2)

Caminó por el bulevar de una ciudad
que parecía extraña, si bien es cierto que la luz
ayudaba a la paciencia cuando sucedía
lo mismo que ayer. Es un decir,
la suerte era más difícil que sacar
poker cuando la partida estaba por comenzar
a ponerse a preguntar por qué.
Entonces decidió que ya era hora de
pensar menos y hacer más como le
decía cualquier cosa, más que nada para
poder pensar todos sus sueños
otra vez como al principio, si es que
es posible dibujarlos y ponerle
color borravino, como los días nublados
de los tonos, los tornasolados, con
brillo entrevisto en la mirada.
Entonces pensó y hasta gritó...
¡Maldita rana!

19 de marzo de 2009

Notas para una novela

Una narración comienza de manera abstracta. Al principio los personajes son borrosos, casi impersonales, incluso para el que los describe es una incógnita cómo se realizarán. Luego, a medida que nos acercamos a ellos, se definen y se muestran tal como son de la misma forma en que conocemos a alguien. Sólo permanecerán si realmente son importantes para nosotros. Puede que también veamos en ellos nuestras imposibilidades, que aparecen donde menos lo parecen: La costumbre y el no cambiar fácilmente una ley aceptada es el título de un ensayo de Montaigne, justamente el de esta mañana. Y en un periódico Gilles Lipovetsky no duda en afirmar que "El colapso hipermoderno no es el vacío absoluto. El universo se ha vuelto más nihilista, pero a la vez se reivindican los derechos del hombre, abunda el voluntariado y la moral no ha muerto. Junto a un hombre cínico surge otro más responsable. Por eso el futuro está abierto. Hay contradicciones, luego queda esperanza".

Habría que escribir una novela con unos personajes que deambularan en sus propias impotencias, incapaces de resolver eso que se llama qué hacer con la vida, confrontados (que no enfrentados) con otros más prácticos, casi felices, aunque ni unos ni otros sean capaces de cambiar la costumbre degenerativa, pero tengan un futuro abierto, sin entrar en elementos autobiográficos, aunque es muy difícil que exista un texto en el que el autor no se esté construyendo a sí mismo. Uno está tentado a empezar a pensarlos, hay tantas posibilidades, tantas actitudes, que no admitirían una clasificación, por utópica que fuera. Quién sabe, las notas son recordatorios, quién sabe qué saldrá en los tiempos futuros, pero sin duda mucho más de lo que aquí se cuenta.

16 de marzo de 2009

Diferencias de lo mismo

La misma ventana, la misma vista, la misma foto repetida una y otra vez hasta el infinito. Por la mañana. A media tarde. Por la noche. El tráfico es un río que se multiplica, decrece y enseguida vuelve a fluir. Lo vemos, desaparece. Un coche, un colectivo, un taxi, una furgoneta anónimos que podríamos ver cada día sin darnos cuenta. La vuelta al día en ochenta mundos.

Sin embargo esta vez hay cambios más sensibles. Vino el frío como una premonición de otro frío más seco, otro frío más frío y distante, el frío europeo. Y también como recuerdo de Europa se atrasó una hora el reloj, con la inevitable sensación de estar llegando tarde adonde uno vaya; se adelanta el despertar, se retrasa el dormir y aún resuena el eco de otra música, oscuro preludio de la marcha.

Pero no hay que ponerse lúgubres por estos cambios circunstanciales. A fin de cuentas los cambios pronto dejan de ser novedad y ya pensamos en el próximo cambio, que quizás altere sutilmente la sensación de lo ya venido por sabido y nos transforme partiendo de lo más mínimo. Basta con el propósito de mantener lo que nos gusta y modificar lo que no. Esto es tan fácil de discernir que enseguida juntamos una enumeración de lo que vale la pena. Como tomar un capuchino en Volta, ver una película comiendo sushi, pedir un helado de gustos irreconciliables a Spumone (y que el que lo trae demuestre un perpetuo agradecimiento por cualquier tipo de propina), hojear una torre de libros en el Ateneo tomando un té, recibir en Acuarium el desayuno sin pedirlo (una lágrima y tres medialunas; sonrisas y lágrimas, cuac) de parte de Tito y luego saludar a Omar para que diga "me alegro de verle, señor, cómo anda" y se despida con "que sigan bien"... pero mejor no seguir más por ahí, el recuerdo convoca la melancolía y de ésta a la tristeza hay hasta un lazo familiar. Che, qué porteño se puso esto. Clac, cortar de golpe, vuelta a la realidad, alguien está haciendo obras en el edificio, por qué tanto golpe, por qué.

10 de marzo de 2009

Notas al vuelo

A veces, para desmigajar los convencionalismos y los estereotipos, los habitantes subvierten el orden recto de las cosas y se comportan como debería ser en lugar de como debe ser. Así sucede cuando, en un gesto inesperado, los habitantes hablan a los demás como personas en lugar de como camareros, pasajeros, porteros, kiosqueros, todos los eros de la verdadera esfera cotidiana. Entonces, en la inmediatez de lo inesperado, el interpelado resta inmóvil (que no impasible) ante esa sutil invasión de la intimidad. Hay que hacer eso con mucha delicadeza para no causa situaciones embarazosas o malentendidos. Todo tiene que estar explicado en ese acceso piantado, que hay mucho loco suelto por el mundo, a ver qué quiere éste que me mira y me habla así, qué le pasa, qué se tomó. Todo tiene que ser muy rápido, por tanto, pero no demasiado, justo en su medida en su deliverada improvisación. Pongamos los dos ejemplos más recordados y listo.

Fueron situaciones parecidas. Uno de los habituales encuentros fugaces (uno de los más tentadores) es de los breves parloteos con los camareros. O más bien las camareras, que son más accesibles o más expresivas. La cuestión es que aquella camarera que nos sirvió un helado lo hizo con una permanente sonrisa que no iba dirigida a nadie más salvo a sí misma, y que por ese motivo se expandía por todos los rincones. Los habitantes la miraron cómo venía y devenía entre las mesas con esa sonrisa postal, y entonces surgió el impulso de agradecer ese buen día. Pero con cuidado, no fuera que ella se lo tomara como agua sucia y viera al habitante como a un seductor. Entonces está el recurso del papel, una nota discreta sobre la mesa y ella la leerá cuando retire los platos. ¿Pero y si fuera otro camarero? Había que entregársela en mano, junto con el pago de la cuenta. La nota en sí, algo tonto y fugaz, sin pretensiones, algo así como "esta nota es para que tu sonrisa se prolongue por más tiempo". Ella la tomó junto con los billetes, pero no la advirtió hasta la caja, cuando un compañero se la mostró entre risas. Arrrgh error. Ella no tenía más remedio que volver por el cambio y lo hizo de forma apresurada, con la cabeza baja, dejándolo sobre la mesa.

El otro caso fue también una nueva vergüenza pero del habitante, turbado por el episodio anterior, aunque hubieran pasado años entre varias situaciones. Pero también se trataba de una camarera, también tenía una inequívoca expresión en la cara (no de alegría, de una tristeza infinita) y el impulso enmudeció las dudas y las timideces. A fin de evitar los riesgos, la situación fue como sigue: el habitante le pidió papel y bolígrafo (birome) y al cabo de un rato se los devolvió con una nota del tipo: "Puede parecer desubicado, pero me ha parecido que estabas muy triste y quisiera animarte. Por eso te escribo esto, con esa única intención, no quisiera que me malinterpretaras pensando otra cosa. Un saludo". En esta ocasión ella no tuvo más tiempo que decir "ah, me llevo también papel", "sí, el papel también", se le contestó dando media vuelta y saliendo de la cafetería para no mirar atrás.

Y bueno, metidos, ridículos, delicadamente estúpidos, los habitantes de vez en cuando sacan las palabras a la realidad. Y aquellos con los que se crucen puede que las sufran.