De todas las fiestas, de todas las fechas hay una especialmente señalada en rojo, aunque los calendarios la tiñan de negro o de gris y la rodeen de discreción y de intrascendencia. Éste es el día de Sant Jordi, el día del libro y de la rosa en Cataluña y el mejor motivo para sentirse catalán. Al margen de las listas mercantiles y de las alharacas ornamentales que quieren convertir este día en una especie de Navidad, hoy no existe más compromiso que el de regalar a quien te apetezca, sea tu pareja, tu familia o tu amistad. Y además es un libro. Y además puede ser un libro y una rosa.
La historia de Sant Jordi, como la conté hace tiempo, trata de un caballero al que le dio por matar a un dragón y así casarse con la princesa. El caballero tuvo una buena idea porque se ganó el amor de la princesa y además, como era muy culto y letrado, inspiró la buena costumbre de regalar libros que contaran su historia y muchas otras. No está mal pensado. Aunque no me extrañaría que estuviera compinchado con el dragón, quien podría haberle dicho algo así como: "mira, estoy cansado de aterrorizar a los humanos y de que éstos me sacrifiquen sus vírgenes. Si en el fondo me caen bien, tan débiles y sumisos. Pero no sé cómo hacer para no darles miedo. ¿Qué te parece si tú me clavas una lanza? No te preocupes, no me va a doler mucho. Yo luego me transformaré en un rosal de los de rosas rojas y así todos se alegrarán de verme". Y colorín colorado, este cuento ha terminado. Luego vino la leyenda, pero eso es otra historia. Hoy me quedo con la rosa, con los libros, con los premios (¡Amira ganó el de literatura!) y regalo estas pocas palabras antes de perderme en la nostalgia.
23 de abril de 2010
6 de abril de 2010
La casa del bosque
Sucedió como un azar premeditado. Y no por eso dejó de ser menor la sorpresa. Cuando supe que iba a pasar el día de la Mona en el cercano pueblo de Áger advertí, ya en camino, que el sol me quemaría sin una crema protectora, que aquellas zapatillas eran endebles para las piedras del camino y que mis piernas y el resto del andamiaje acabaría molido a golpes como una guitarra en un concierto neurótico. Sorteamos en una Renault Express los baches, las rocas movedizas, los resaltos y las pendientes; y la dejamos junto a una ermita en ruinas que contaba con inscripciones memorialistas ("por aquí pasó...") de hasta 1976. A pesar de los anchos caminos y de todas las personas con las que nos cruzamos en bicicleta, en otro coche o en parapente, de repente estábamos solos en medio de un bosque. Serían más de las tres de la tarde. Habíamos comido con tanta abundancia que el sol aprovechó para cumplir su amenaza mientras descorría el velo de sombra de una encina, bajo la que nos habíamos tumbado. Yo probé una de las bellotas que teníamos como colchón y su dulzura me llevó que guardara otras en la bolsa. Entonces sugirieron: "vamos a ver la casa de un amigo de mi tío, no está lejos". Y, como aún había que bajar la comida, subimos a pie por el camino que nos había traído. "Debería haber alguna senda hacia la derecha". La tierra, blanda y seca como arena, aún mostraba las huellas de un jabalí que, dócil, había elegido los márgenes, como acostumbrado a las carreteras. "Ah, mirad, podríamos ir por aquí, parece que se puede pasar". Uno tras otro, caminábamos al paso de las hormigas, haciendo crujir las hojas caídas de los árboles. Romeros y tomillos, y el canto de un pájaro. Parecía una estampa sacada de un cuento fantástico, alguno de esos cuentos románticos que escribió Bécquer en los que el aire es azul o verde y parece que en cualquier momento pudiera aparecer una ninfa o un lago encantado, en medio de nuestro rutilante paso, como si pasara nada. Y entonces pasó.
Llegamos a donde se alzaba la casa, toda una casa con su jardín, su corral, su entrada, sus ventanas enrejadas y su cartel delatando su nombre: La cova d'en Rossell. Estaba construida en la oquedad de la roca, de tal manera que se hallaba incrustada a ella. El agua se filtraba por la pared agreste e incluso goteaba en algunas curvas.
Entramos por la puerta principal, miramos por las ventanas y rodeamos la fachada hasta dar con una puerta entreabierta. Una escalera. Subimos y nos encontramos con un pequeño dormitorio, con dos colchones, un espejo, dos perchas, una silla plegable y una mesita, con una pesada maleta. Y dentro de la maleta, un enorme libro de tapas metálicas que había dejado el dueño de la casa como libro de visitas para que los visitantes dejaran su propia huella. Leímos algunas historias sobre Villena, Aragón y otros lugares, y decidimos dejar la nuestra: "somos los últimos supervivientes de la civilización maya o de sus premoniciones, aún no lo sabemos", etc. Al terminar cada uno dejó un garabato y dejamos el libro, la habitación y la casa tal como nos lo habíamos encontrado. Como buenos viajeros de paso, enriquecidos de recuerdos, llenos de vida.
Llegamos a donde se alzaba la casa, toda una casa con su jardín, su corral, su entrada, sus ventanas enrejadas y su cartel delatando su nombre: La cova d'en Rossell. Estaba construida en la oquedad de la roca, de tal manera que se hallaba incrustada a ella. El agua se filtraba por la pared agreste e incluso goteaba en algunas curvas.Entramos por la puerta principal, miramos por las ventanas y rodeamos la fachada hasta dar con una puerta entreabierta. Una escalera. Subimos y nos encontramos con un pequeño dormitorio, con dos colchones, un espejo, dos perchas, una silla plegable y una mesita, con una pesada maleta. Y dentro de la maleta, un enorme libro de tapas metálicas que había dejado el dueño de la casa como libro de visitas para que los visitantes dejaran su propia huella. Leímos algunas historias sobre Villena, Aragón y otros lugares, y decidimos dejar la nuestra: "somos los últimos supervivientes de la civilización maya o de sus premoniciones, aún no lo sabemos", etc. Al terminar cada uno dejó un garabato y dejamos el libro, la habitación y la casa tal como nos lo habíamos encontrado. Como buenos viajeros de paso, enriquecidos de recuerdos, llenos de vida.
30 de marzo de 2010
La luz por la mañana

Edward Hopper: Morning Sun.
¿Cómo será levantarse en los lugares donde nunca he estado? ¿Será la misma luz, la misma ventana? ¿O, aunque en apariencia el despertar y el sol sean los mismos, serán distintos la mirada y el reflejo?
A pesar de los numerosos viajes que he hecho soy de los que no pueden dormir a gusto si no es en mi cama. Ya pueden darme una muy cómoda, mullida, arropada, caliente, silenciosa: hay un temblor dentro de mí que me impide caer en el sueño profundo, como si de repente sorprendiera a una visita intempestiva en la casa de mis anfitriones o alguien fuera a abordar la habitación de mi hotel.
Durante mucho tiempo esa sensación fue mórbidamente intensa. Tanto si me hubiera acostado temprano como si acabara de meterme entre las sábanas, me despertaba a las seis en punto. Sin posibilidad de retrasarme ni adelantarme ni un solo minuto. No podía evitarlo ni cambiando la hora del reloj. Esto que podría parecer una ventaja para nunca llegar tarde era un verdadero fastidio cuando me esperaban dos o tres horas después. Y yo, que nunca he sido de madrugar, no tenía más opción que de encontrarme con mis pensamientos a falta de poder salir de la habitación o de recurrir a los libros o la música.
Así nacieron muchas páginas que ya no recuerdo. O sólo las recuerdo en los sueños. O sólo en las vigilias.
Por suerte creo que ya cambié esa costumbre tan desagradable. Pero quizás haya que agotar las mañanas de los lugares que aún me esperan para que me reciban, para que me hagan sentir como en casa, como en mi cama.
25 de marzo de 2010
20 de marzo de 2010
Primavera
Una semana y media sin añadir ni una coma, y el resultado ha sido tan drástico que si la entrada anterior estaba en medio del invierno hoy comienza la primavera. En otras circunstancia este hecho sería irrelevante. Es raro el año que celebre esta fecha o incluso que sea un día señalado, porque a menudo no corresponde al tiempo físico y ni siquiera meteorológico. Esta semana amaneció en invierno, luego fue abriendo poco a poco sus flores, se entrecerró en un oscuro frío y por fin hoy la percibimos tan contemporánea que se trajo la cálida luz de las Azores.
En esta parte del mundo, en Mantua, en Corinto, en Nantes, en Ljubliana, en Pernik, en Constantinopla, en Damasco, en Alejandría, en Orán, en Sintra, nos asomamos a la ventana y vemos a las abejas y a su familia zumbando de flor en flor, y recordamos ese haikú de Issa Kobayashi:
Bajo el cerezo en flor
nadie es
tan extranjero.
Que nos acompaña y nos hace sentir como en casa. Y de alguna manera también estamos en Portugal, en Argelia, en Egipto, en Siria, en Turquía, en Bulgaria, en Eslovenia, en Francia, en Grecia o en Italia.
Esto es una falacia, claro, pero quizás no lo sea menos que hoy comienza la primavera porque de repente el cielo se ha vuelto blanco de lluviergüenza y amenaza con oscurecer la poca luz que ya entra por la ventana. Sí, dan ganas de pasear en bicicleta, de escuchar a Vivaldi, de decirle a Issa que no estará solo porque los árboles ya han florecido. Pero qué ganas, realmente qué ganas dejarse llevar por los buenos aires y estar en el otro cabo del mundo.
En esta parte del mundo, en Mantua, en Corinto, en Nantes, en Ljubliana, en Pernik, en Constantinopla, en Damasco, en Alejandría, en Orán, en Sintra, nos asomamos a la ventana y vemos a las abejas y a su familia zumbando de flor en flor, y recordamos ese haikú de Issa Kobayashi:
Bajo el cerezo en flor
nadie es
tan extranjero.
Que nos acompaña y nos hace sentir como en casa. Y de alguna manera también estamos en Portugal, en Argelia, en Egipto, en Siria, en Turquía, en Bulgaria, en Eslovenia, en Francia, en Grecia o en Italia.
Esto es una falacia, claro, pero quizás no lo sea menos que hoy comienza la primavera porque de repente el cielo se ha vuelto blanco de lluviergüenza y amenaza con oscurecer la poca luz que ya entra por la ventana. Sí, dan ganas de pasear en bicicleta, de escuchar a Vivaldi, de decirle a Issa que no estará solo porque los árboles ya han florecido. Pero qué ganas, realmente qué ganas dejarse llevar por los buenos aires y estar en el otro cabo del mundo.
9 de marzo de 2010
En medio del invierno
En medio del invierno los días se aceleran y ya quieren hablarnos de primavera. Sol negro por la mañana, sol gris por la tarde. Y de repente nieve. Las penas de los contratiempos distan de atraparnos, el futuro se viene como un soplo constante, hay una extraña alegría solazada en los rincones que se levanta sin sombra y zumba a nuestro alrededor. Ya no hay retiradas, salimos a jugar y tiramos la llave. Todo ayer se vuelve ahora. El aire es frío y no importa, porque el azar se conjura a nuestro favor, el azar es una pluma blanca que se balancea, gira y se multiplica en miles de plumas. Las nubes pestañean, la luz deriva su rumbo pero no se aleja, pronto iniciará el amanecer. Aunque la vida se simule a sí misma y se recate en los calendarios, los caminos convergen en nuestras manos. El tiempo rueda como una llama. Y simplemente nieva.
7 de marzo de 2010
Los premios
Nunca me han convencido los premios. Muchas veces me han parecido injustos y arbitrarios, dependientes de unos criterios tan subjetivos como son el estado de ánimo de quien premia, la simpatía, el amiguismo y otros más que poco (por no decir nada) tienen que ver con el objeto premiado. ¿Quién puede decidir, en última instancia, que esto o aquello está bien o es mejor que lo demás?
Podría haber pensado esto a propósito de la entrega de los Oscar, aunque no sea el caso. La edición de este año se ha presentado como un duelo entre Avatar y En tierra hostil (había escrito "hostial" y no quedaba mal, no), animado además por el hecho de que los directores de las respectivas películas hayan estado casados. Lo cierto es que no puedo decir nada de esas películas porque aún no las he visto, pero sí en cambio de Inglorious Basterds y Precious, y me han gustado hasta el punto de que las consideraría más dignas de ser premiadas, al menos entre las que han entrado en la nominación ya que no lo están ni La carretera ni Celda 211. Pero claro, esto también sería sólo según mi propio criterio.
En cuanto a música, poco se puede decir, cuando ha primado más la comercialidad que la calidad.
Y de la literatura, algún que otro premiado habrá sido meritorio, pero no deja de llamarme la atención que mis autores preferidos (Paul Celan, Fernando Pessoa, Jorge Luis Borges, Franz Kafka, Julio Cortázar) no hayan recibido el Nobel, y sin embargo sí se lo otorgaron a, por ejemplo, Winston Churchill.
Siempre he pensado que el mayor premio es que haga disfrutar con lo que hago (a pesar de que esta entrada sea muy discreta). Y el que pido también, obvio. El resto (dotaciones económicas, honorarios comerciales, fenómenos de masas, etc.) es algo ajeno, como de otro mundo, como si no tuviera que ver con nosotros.
(prometo esforzarme más la próxima vez)
Podría haber pensado esto a propósito de la entrega de los Oscar, aunque no sea el caso. La edición de este año se ha presentado como un duelo entre Avatar y En tierra hostil (había escrito "hostial" y no quedaba mal, no), animado además por el hecho de que los directores de las respectivas películas hayan estado casados. Lo cierto es que no puedo decir nada de esas películas porque aún no las he visto, pero sí en cambio de Inglorious Basterds y Precious, y me han gustado hasta el punto de que las consideraría más dignas de ser premiadas, al menos entre las que han entrado en la nominación ya que no lo están ni La carretera ni Celda 211. Pero claro, esto también sería sólo según mi propio criterio.
En cuanto a música, poco se puede decir, cuando ha primado más la comercialidad que la calidad.
Y de la literatura, algún que otro premiado habrá sido meritorio, pero no deja de llamarme la atención que mis autores preferidos (Paul Celan, Fernando Pessoa, Jorge Luis Borges, Franz Kafka, Julio Cortázar) no hayan recibido el Nobel, y sin embargo sí se lo otorgaron a, por ejemplo, Winston Churchill.
Siempre he pensado que el mayor premio es que haga disfrutar con lo que hago (a pesar de que esta entrada sea muy discreta). Y el que pido también, obvio. El resto (dotaciones económicas, honorarios comerciales, fenómenos de masas, etc.) es algo ajeno, como de otro mundo, como si no tuviera que ver con nosotros.
(prometo esforzarme más la próxima vez)
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