Silencio.
Tan prohibido en la ciudad
que si escucho por casualidad
el silencio en el título
de una canción de Madredeus
me parece una especie
de anuncio desconocido
a través del tiempo necesario
para que el eco sea ensoñación
de sonidos distendidos.
La calma.
Silencio.
Repito:
silencio.
Me molesta la propiedad
material de romper el silencio
si lo nombro. No está roto
entonces sino corrompido.
El vecino y aquella máquina
zumbadora por la mañana,
el teléfono, los timbrazos
en la puerta del edificio,
los parlantes o altavoces
en las fiestas o en la calle,
la bocina de los coches,
el teléfono, otra vez,
lo vulgar y lo común,
las palabras, voces, etcétera.
Por estar ligado al tiempo
económico que preciso
lo llamamos publicidad.
Anuncio.
Silencio.
Silencio.
Un silencio tan precario
que no sé cómo salvarlo.
O quizás lo adivino
y por eso me callo,
que ya digo demasiado
y no quiero engañarme.
24 de abril de 2016
28 de diciembre de 2015
Dice George Steiner que los críticos que sobreviven "vierten al exterior algo que va del particular ejemplo literario a los confines de la argumentación moral y política". Y dice Tamara Kamenszain que "siempre hay otra línea de lectura, siempre hay otra". Pero cuando le doy la vuelta a la página y el poema sobre hacer un asado en la Ex Esma queda atrás, en la página de atrás. Y antes de cerrar el libro acierto a leer los primeros versos que siguen: "¿Entonces / el asado sí o no? / Depende". ¿Qué entenderé cuando lo vuelva a abrir? Deberé ir al pasado, el desconocido, apenas reconocido en lo que tiene de pasado, en lo que pasó. Incluso, a pesar de que Vico afirme que sólo podemos conocer lo que hacemos nosotros mismos, ¿qué será de esto que escribo cuando lo vuelva a leer dentro de unos minutos, unos meses, unos años?
27 de diciembre de 2015
23 de diciembre de 2015
Fin del día
De otros sueños
a otros surcos
la realidad
me adormece
me repliega
me encoge
y me voy haciendo noche
como una bolita
al brillo de un insecto
hasta la siguiente luz.
a otros surcos
la realidad
me adormece
me repliega
me encoge
y me voy haciendo noche
como una bolita
al brillo de un insecto
hasta la siguiente luz.
4 de diciembre de 2015
La política de mercado, fomentada por los
poderes políticos en detrimento de ellos mismos merma el poder del
Estado-nación reduciendo sus gobernantes a simples títeres y la democracia a
una pantomima. Panto-mimos: el que lo
imita todo, el actor de la gran representación, la mimesis universal. El político, lo quiera o no, es ahora un actor
al servicio de las grandes empresas. Y lo que representa es lo que el pueblo,
cada pueblo quiere ver representado: su propia historia, sus propios mitos
seculares. El gobernante conoce las historias y encarna a sus héroes
legendarios. Un pueblo necesita historia. Necesita ser contado. En ello se
asienta su identidad. Al oírse contar las mismas historias una y otra vez, se
reconoce. Por ello, quien gobierna se adueña de los mitos y los cuenta. A su
manera. A la manera que más le conviene o que más conviene a quienes le apoyan.
(Chantal Maillard, Contra el arte y otras imposturas)
30 de noviembre de 2015
Por las palabras
¿Por qué se aprecian tan poco las palabras? ¿Por qué a veces creemos que sobran, que están de más? Nos han convencido de que una imagen vale más que mil palabras y también que lo importante son los hechos, no las palabras. Y lo aceptamos así porque también nos han dicho que las palabras se las lleva el viento.
Pero es evidente - es muy evidente - que eso no pasa: no se las lleva el viento porque no vemos las palabras atrapadas en un tornado, en un huracán, ni siquiera en una ráfaga de aire. No, no las vemos, mientras que sí es algo visual un hecho o una imagen y por eso acabamos dando más valor a lo que está frente a nuestros ojos aunque sepamos que las apariencias engañan. Podemos perdonar el engaño de las apariencias pero desconfiamos de las palabras. ¿Por qué?, formulo de nuevo la pregunta. La respuesta no está en el viento.
Usamos las palabras por costumbre, sin saber qué decimos. Nos parecen comunes, vacías. Les falta el sentido porque no las sentimos. Las repetimos como loros ambulantes, reproducimos su esqueleto invisible y sin forma y acaban por sonar con el mismo ruido "hola", "te quiero", "nunca más". Pero las palabras no deben ser ruido. La música tampoco, eso lo asumimos. La música nos conmueve, altera nuestro ánimo, nos suena bien al oído. Las palabras también: son un tipo de música que resuena en nuestra mente. Si les prestamos atención, si fueron ordenadas en una armonía o violentadas en un caos pero en cualquier caso armadas con un sentido tal vez nos alcance ese sentido y se quede en nuestra vida. Eso podría llamarse poesía pero es mejor que cada uno encuentre su nombre.
No está todo dicho: esto sólo es un punto para que lo escrito pueda ser leído.
Y quiero que pueda ser leído para dedicárselo a quienes hoy tienen mis palabras en una carta. Este es el sentido de mis palabras, es el valor que le dan Hilen Lezcano, Hilary Montenegro y Lia Elias. A ellas les debo lo que hoy escribo, por ellas van estas palabras de agradecimiento.
Pero es evidente - es muy evidente - que eso no pasa: no se las lleva el viento porque no vemos las palabras atrapadas en un tornado, en un huracán, ni siquiera en una ráfaga de aire. No, no las vemos, mientras que sí es algo visual un hecho o una imagen y por eso acabamos dando más valor a lo que está frente a nuestros ojos aunque sepamos que las apariencias engañan. Podemos perdonar el engaño de las apariencias pero desconfiamos de las palabras. ¿Por qué?, formulo de nuevo la pregunta. La respuesta no está en el viento.
Usamos las palabras por costumbre, sin saber qué decimos. Nos parecen comunes, vacías. Les falta el sentido porque no las sentimos. Las repetimos como loros ambulantes, reproducimos su esqueleto invisible y sin forma y acaban por sonar con el mismo ruido "hola", "te quiero", "nunca más". Pero las palabras no deben ser ruido. La música tampoco, eso lo asumimos. La música nos conmueve, altera nuestro ánimo, nos suena bien al oído. Las palabras también: son un tipo de música que resuena en nuestra mente. Si les prestamos atención, si fueron ordenadas en una armonía o violentadas en un caos pero en cualquier caso armadas con un sentido tal vez nos alcance ese sentido y se quede en nuestra vida. Eso podría llamarse poesía pero es mejor que cada uno encuentre su nombre.
No está todo dicho: esto sólo es un punto para que lo escrito pueda ser leído.
Y quiero que pueda ser leído para dedicárselo a quienes hoy tienen mis palabras en una carta. Este es el sentido de mis palabras, es el valor que le dan Hilen Lezcano, Hilary Montenegro y Lia Elias. A ellas les debo lo que hoy escribo, por ellas van estas palabras de agradecimiento.
12 de septiembre de 2015
Calle Constitución, 7:30
Se asoma a un falso balcón, a pie de calle. Mira hacia ambos lados, se aposenta en la barandilla. Da la sensación de que está en la calle misma, sobre la vereda, reclinado, como si surgiera de un portal. Viste una bata blanca, recién levantado, recién salido de la ducha.
Sentado, apoyando la espalda contra la pared, estirando las piernas sobre la mugre del suelo, sostiene una botella de vidrio verde, casi vacía. No tiene la mirada perdida, pierde la mirada entre la indiferencia de su entorno, que le trae sin cuidado.
Lleva un chaleco rojo de cuero satinado, muy ceñido. Se le acerca un hombre que mide alrededor de dos metros como si fuera a contarle una confidencia. A su lado ella parece una niña. Quién sabe hasta qué punto sigue siéndolo. Ella mira hacia lo disperso. Sólo alcanzo a escuchar tres diálogos: - ¿Y veinte? - También.
- ¿Y adónde podemos ir?
Descansa en el cordón de la vereda, con el carro lleno de cartones enfrente. - Capo, eh, capo - me grita cuando paso por su lado. Me hace un gesto con la mano que no entiendo. - No, lo siento, no fumo. - Pará, que no te pido un pucho, la concha de la lora, lo que quiero es que me ayudes. Ha girado la cabeza, creo que me sigue mirando sin levantarse. Para entonces ya me he alejado de la conversación.
Una madre lleva a su hijo al colegio. De la mano, lo lleva de la mano, marcando el paso con dureza. La mochila es pesada y el niño, con sus cortas piernas, es casi arrastrado por la madre, moviéndose como un tren de mercancías. Sólo se detienen en los semáforos. Sincronizados, el verde y el rojo miden las respiraciones.
Camina solo, con pasos rápidos, pelo corto, casi al ras. No mira a nadie, se diría que anda perdido si no fuera por el gesto mecánico y preciso con que levanta una mano y se lleva a la nariz un plástico. Aspira el plástico, baja la mano. Está sin estar. Pero ya se fue hacia donde no vino.
La música revienta en la calle. Salsa. Alegres trompetas que se entremezclan con las voces del interior y del exterior. Vienen de una casa de planta baja, unas puertas negras, metálicas, con los ventanales tapiados con papel. Se congrega allí la comunidad dominicana. O parte de ella. O quienes pasan la noche de fiesta y por la mañana se mezclan con los que empiezan a trabajar, mientras siguen en su microcosmos.
Cruza la vereda a mi altura. En una mano tiene varios paquetes de pañuelos descartables, levanta la otra para que se la choque a modo de saludo. Como sigo caminando me empuja con su cuerpo contra la pared pero no logra detenerme del todo. - Para cualquier momento no me comprarías es una oferta tres por diez pesos. Habla rápido, es un discurso apenas murmurado con una voz dormida. - No, tengo que trabajar, ¡que voy a trabajar! Insiste con las mismas palabras u otras similares, lo que dice se me vuelve incomprensible hasta que logro franquear su traba. Ninguno de los dos retrocede, seguimos de largo en direcciones opuestas.
El tramo que desemboca en la avenida Entre Ríos está cortado por la policía. Va a desalojar una casa ocupada. Ha parapetado los accesos con vallas enormes y negras, como las usadas para contener las manifestaciones. Algunos uniformados deambulan con languidez alrededor de las vallas, de uno y otro lado. Otros uniformados conversan con el desafecto de tomar un café.
Sentado, apoyando la espalda contra la pared, estirando las piernas sobre la mugre del suelo, sostiene una botella de vidrio verde, casi vacía. No tiene la mirada perdida, pierde la mirada entre la indiferencia de su entorno, que le trae sin cuidado.
Lleva un chaleco rojo de cuero satinado, muy ceñido. Se le acerca un hombre que mide alrededor de dos metros como si fuera a contarle una confidencia. A su lado ella parece una niña. Quién sabe hasta qué punto sigue siéndolo. Ella mira hacia lo disperso. Sólo alcanzo a escuchar tres diálogos: - ¿Y veinte? - También.
- ¿Y adónde podemos ir?
Descansa en el cordón de la vereda, con el carro lleno de cartones enfrente. - Capo, eh, capo - me grita cuando paso por su lado. Me hace un gesto con la mano que no entiendo. - No, lo siento, no fumo. - Pará, que no te pido un pucho, la concha de la lora, lo que quiero es que me ayudes. Ha girado la cabeza, creo que me sigue mirando sin levantarse. Para entonces ya me he alejado de la conversación.
Una madre lleva a su hijo al colegio. De la mano, lo lleva de la mano, marcando el paso con dureza. La mochila es pesada y el niño, con sus cortas piernas, es casi arrastrado por la madre, moviéndose como un tren de mercancías. Sólo se detienen en los semáforos. Sincronizados, el verde y el rojo miden las respiraciones.
Camina solo, con pasos rápidos, pelo corto, casi al ras. No mira a nadie, se diría que anda perdido si no fuera por el gesto mecánico y preciso con que levanta una mano y se lleva a la nariz un plástico. Aspira el plástico, baja la mano. Está sin estar. Pero ya se fue hacia donde no vino.
La música revienta en la calle. Salsa. Alegres trompetas que se entremezclan con las voces del interior y del exterior. Vienen de una casa de planta baja, unas puertas negras, metálicas, con los ventanales tapiados con papel. Se congrega allí la comunidad dominicana. O parte de ella. O quienes pasan la noche de fiesta y por la mañana se mezclan con los que empiezan a trabajar, mientras siguen en su microcosmos.
Cruza la vereda a mi altura. En una mano tiene varios paquetes de pañuelos descartables, levanta la otra para que se la choque a modo de saludo. Como sigo caminando me empuja con su cuerpo contra la pared pero no logra detenerme del todo. - Para cualquier momento no me comprarías es una oferta tres por diez pesos. Habla rápido, es un discurso apenas murmurado con una voz dormida. - No, tengo que trabajar, ¡que voy a trabajar! Insiste con las mismas palabras u otras similares, lo que dice se me vuelve incomprensible hasta que logro franquear su traba. Ninguno de los dos retrocede, seguimos de largo en direcciones opuestas.
El tramo que desemboca en la avenida Entre Ríos está cortado por la policía. Va a desalojar una casa ocupada. Ha parapetado los accesos con vallas enormes y negras, como las usadas para contener las manifestaciones. Algunos uniformados deambulan con languidez alrededor de las vallas, de uno y otro lado. Otros uniformados conversan con el desafecto de tomar un café.
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