31 de diciembre de 2013

Amigos, etc.

Trescientos sesenta y cuatro días
después de olvidos y recuerdos,
de más olvidos que recuerdos,
llegamos a un azar inventado
poniendo la letra y la música
a la cita del que viene último.
Te miro de frente, cruzo los brazos,
me creo que miro cruzando nombres
y fechas de cuando pasó la vida.
Ayer no nos vimos, mañana vemos
de qué se hicieron estas visiones.
Te extraño, me extraño, nos extrañamos,
tal vez, de que todo siga cuando cambie,
o eso creo en este engaño.
Declaro en voz alta lo que pienso
a medias, contenido, incompleto,
a medias en medio de la nada
por ir a donde me llaman de nuevo.
La duda renace, no se destruye:
el año que viene, ¿dónde estarás?
Me invitas, me escribes, me sonríes.
Si estamos, ¿me reconocerás?
Apenas desgarro una sonrisa.



3 de diciembre de 2013

Sobre los best sellers

"En definitiva, ¿qué son los best sellers – uso la palabra best seller en el mal sentido –, esos inmensos ladrillos que cierta gente compra en los aeropuertos para empezar las vacaciones y autohipnotizarse durante una semana con un libro que carece en absoluto de calidad literaria pero contiene todos los elementos que ese tipo de lector está esperando y naturalmente encuentra? Hay un verdadero contrato entre un señor que escribe para ese público y el público que le da mucho dinero comprando los libros a ese señor, pero eso no tiene nada que ver con la literatura. Ni Kafka ni Maupassant ni yo hemos escrito así, y perdón por ponerme en el trío."

(Julio Cortázar en Berkeley, 1980)

8 de septiembre de 2013

El surgimiento de un poema

Van dando las horas de ayer, mañana, hoy. El tiempo estorba, es un tiempo material. Pasaron las gotas, quedó la humedad. Los miedos afloran, dirimen por salir. El fin de semana fue una lluvia constante. El día fue una cueva, el día fue gris. Final atípico sobre una jornada completa. Uno teme darle forma exacta a lo que siente, más aún de equivocarse en la expresión, incluso más de hacer una confesión. Porque a veces, no siempre porque la realidad es una fiera represora que dicta lo correcto y no admite réplica. Pero a veces, aunque no sea siempre, los árboles se despiertan, las nubes sobrevuelan los ríos y es natural que todo encaje, una mano en otra mano, una cara en su reflejo, un asiento junto al otro, la cuchara en la boca, el saludo de despedida, todo encajando en un puzzle que se completa para volcar las piezas, vuelta y vuelta y vuelta a empezar; y así también dibujamos monstruos gruñones, dragones alados, hormigas gigantes, ratones disfrazados de conejos de Pascua, repartiendo colores mientras giran en el aire, doblándose, doblándonos en quiénes somos, dónde estamos, descubriéndonos la verdad sin reverso de nuestra amarga dulzura, niños jugando a ser niños y luego juntando unas palabras que no fueron necesarias; las palabras que no dijimos, Greta; las palabras que no nos importan, Ian; el poema que no entenderemos porque está lleno de palabras.

18 de julio de 2013

25 de junio de 2013

Rayuela, cincuenta años después

Dicen que en estos días se cumplen cincuenta años de la publicación de Rayuela. Bueno está recordarlo para volver a leerla, como suele hacerse en las efemérides, pero si se trata de una celebración de este libro y no sólo de una convención el tópico debe acabar en este punto.

Así que pongámosle una música de fondo y de frente. Algo como la sutil tristeza de Bessie Smith:



La música podría remitirnos a la compañía abatida de Berthe Trépat abandonada al trasnoche. Desolada Berthe, desolada compañía, desolada música de la victoria. Durante unos días se volverán a hablar de las excelencias de la novela-antinovela que vuelve sin los geniales carpetazos de matar al padre, pues está vigente esa manera de pasear por las calles de cualquier ciudad (y no sólo París o Buenos Aires) guareciéndose en los portales del frío y de la lluvia, caminando sin pisar el dibujo de las aceras, esperando el colectivo mientras los travestis buscan clientes, jugando con seriedad a inventarse el mundo; pues "sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito", como se repitió Oliveira.

¿Y entonces?

Entonces pasará la fecha de celebración y vendrán de nuevo los que ni entienden ni quieren entender Rayuela y duplicarán sus lúgubres críticas de qué buen cuentista, lástima que le diera por la novela, qué mal libro, exagerado, imposible, se pretende herir la realidad y los personajes son tan cool,. Para cada novela se aumentarán los defectos, a pesar de que esas opiniones no les importen a los lectores, pues ya habrían disfrutado Rayuela en la edición original de Sudamericana (hoy un tesoro inhallable) o en las ediciones anotadas de Ayacucho (incluyendo el capítulo perdido en el orden de lectura) o de Cátedra (donde subrayé "hay libros que te llegan en el momento adecuado" cuando nunca subrayo los libros) o en la renovada y oportunista de Alfaguara (agregando varias cartas sobre la redacción) que acaba de publicarse. Yo mismo volveré a leerla (como me propuse hacerlo por lo menos una vez cada década) y seguiré buscando a la Maga, aunque ya la haya encontrado y no lo sepa, aunque le dé otro nombre y otro origen, aunque me desarme, me desconcierte, me contradiga: ella cruza la vereda y andá a seguirla.

17 de junio de 2013

Retorciendo lo real

Hay un rugido humano que sólo se percibe por las palabras y no por el tiempo. La realidad real no existe, la realidad ficticia es la única posible, desde la conciencia de pensar: soy, estoy. No hay edad, no hay lugar que no resista el peso del olvido, yo no soy más que quien tú quieras que sea. Un antiguo lamento, un sueño utópico, una nota sostenida, unos puntos suspensivos. Cuanto más me formulo, más me desvanezco. La extrañeza  se vuelve familiar al volverse propia de uno. Ya no importa dónde termine. Perdido el sentido original ya soy insignificante, vacío, innecesario. E incluso hablar de nada ya sería tener un sentido. Pues, de todos modos, sabemos que cuando nada importa, nada tiene sentido.

15 de junio de 2013

La creación

"Cada vez que se disponía a pintar algo había un momento de revelación y otro de desaliento, como cuando le surgía inesperadamente en la imaginación el primer verso de un poema. Cómo dar el siguiente paso, en el espacio en blanco y sin indicaciones de la página del carnet, de la hoja del cuaderno de dibujo o del lienzo. Quizás la textura indicaba algo, la resistencia o la suavidad del papel. Podía continuar y darse cuenta de que había malogrado el intento: el segundo verso, forzado, no era digno de la iluminación súbita del primero; sobre la hermosa anchura del papel ahora había una mancha inútil. La revelación parecía perderse sin que él hubiera sabido atraparla; el desaliento se quedaba con él, y para emprender el trabajo era preciso, si no vencerlo, al menos oponerle resistencia, dar los primeros pasos como si no sintiera uno su peso de plomo. Pero en todas las cosas que había emprendido le pasaba lo mismo: un entusiasmo fácil y luego un principio de fatiga, y por fin una desgana a la que no siempre había sabido sobreponerse. Al fin y al cabo era un pintor de domingo. Y si la pintura exigía tal esfuerzo de concentración mental y de destreza en el oficio, ¿por qué en vez de poner en ella todo su corazón y todo su talento disgregaba sus fuerzas ya escasas para empeñarse en la poesía, donde ni siquiera se le concedía a uno la absolución del trabajo manual, la certeza de un grado aceptable de dominio del oficio? En el fervor del trabajo se disipaba la desgana, pero al día siguiente había que empezar de nuevo y el entusiasmo de ayer no parecía que pudiera repetirse. El trabajo hecho no servía de nada: cada comienzo era un nuevo punto de partida, y el lienzo o la hoja de papel frente a los que se quedaba hechizado y abatido estaban más vacíos que nunca. Una primera línea prometedora, pero muy insegura, una horizontal que podía ser la de una mesa sobre la que reposaba el frutero o la de una distancia marítima imaginada al fondo de su ventana de Madrid. Una iluminación inminente que se deshacía sin rastro en puro abatimiento. Y sin embargo, no sabía cómo, el cuadro empezaba a surgir, o el poema a escribirse, persistiendo por sí mismos, con un empeño en el que no intervenía del todo su voluntad debilitada por el escepticismo y por el simple paso del tiempo."

(Antonio Muñoz Molina: La noche de los tiempos)